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Carlos Gómez Mur A cuatro manos
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Tormentas de primavera

Carlos Gómez Mur A cuatro manos
05 mayo 2022

Tenemos una guerra en suelo europeo, una guerra todavía limitada al territorio de Ucrania pero que puede derivar en casi cualquier otra cosa, incluyendo un intercambio de misiles con carga nuclear entre Rusia y los Estados Unidos.

Europa tiene, también, otros problemas por si acaso lo de la guerra nuclear no acaba de cuajar, como la debilidad de la Unión Europea, la crisis energética cuyo final (infeliz), tantas veces aplazado, parece estar ahora más cerca que nunca, la inflación que afecta a su moneda, una vez que las estrictas condiciones iniciales impuestas a los países que adoptaron el euro han pasado a mejor vida.

Y eso por no mencionar la fusión de la nieve en los glaciares alpinos de donde procede un cuarto del agua que llevan los grandes ríos europeos, el final del permafrost siberiano y la destrucción por incendios de enormes masas de árboles en la Taiga.

Hace ya años que Europa no es el centro del mundo, ni económica ni militarmente, pero, al menos tampoco era el campo de batalla que fue durante 20 siglos, ni estaba ya dividida en los dos bloques que se enfrentaron en la guerra fría (1945-1991).

La invasión de Ucrania por tropas rusas ha terminado bruscamente con ese sueño y ha obligado a la mayoría de los países europeos a tomar partido por el país agredido y a aplicar, siguiendo la estela norteamericana, sanciones económicas al agresor que admiten muchas similitudes con la patada, a Rusia, en nuestro culo.

Yo no sé cómo terminará esto, pero no parece que haya una salida fácil. Hay muchos muertos, muchos territorios en disputa y el papel de Rusia, como la gran potencia que quiere ser, está definitivamente en entredicho. El apoyo que ahora parece tener Putin entre sus conciudadanos no resistiría una derrota, así que tiene que seguir vendiendo que todo va según el plan previsto y buscar una victoria, aunque sea por la mínima. Quizá conservando Crimea y ocupando, al menos, un pequeño corredor en el este de Ucrania.

Para Zelenski tampoco hay una salida fácil. Una victoria militar sobre Rusia parece, a pesar de la aparente incompetencia del mando militar ruso, algo impensable con la actual relación de fuerzas, al menos sin la intervención de tropas de la OTAN, es decir, del ejército de Estados Unidos, pero eso llevaría, con toda seguridad, al empleo de armas nucleares y quizá a una guerra mundial. Una derrota del ejército ucraniano también es impensable. Biden y algunos líderes europeos han dejado claro que no contemplan ese escenario lo que también nos lleva a una intervención militar de Estados Unidos y la OTAN.

En casa las cosas no están mucho mejor. La clase política española ha encontrado la fórmula para estar en misa y repicando, con una parte del gobierno a favor de enviar armas a Ucrania y otra en contra, una parte a favor de la OTAN, que va a reunirse en Madrid un día de estos y otra a favor de convocar, alternativamente, una conferencia pacifista.

Dicen que han conseguido o están a punto de conseguir una bajada del precio de la electricidad por el procedimiento de topar (sic) el precio del gas utilizado para producirla. Ya veremos cómo lo gestionan y lo que dura.

Pero Europa, que ha cedido en esta y otras cuestiones, quiere, a cambio, que el gobierno resuelva el déficit de las pensiones por el procedimiento, supongo, de reducirlas, y eso supongo que no entrará en los planes, al menos en los explícitos, del gobierno a menos de un año de las elecciones generales.

El efecto conjunto de todo esto es, casi inevitablemente, el colapso. Todas las sociedades y civilizaciones que nos precedieron acabaron colapsando, desde los mayas hasta los romanos pasando por Mesopotamia y Egipto. Una crisis energética, la pérdida de suelo fértil, la consolidación de las fronteras y el fin de la expansión, la dificultad para extraer más oro y, finalmente y como consecuencia de todo esto, la manipulación y pérdida de valor de la moneda acabaron, tras doce siglos de dominio del mundo conocido, con el imperio romano de occidente. El de oriente, conocido como imperio bizantino, que conservó y protegió su moneda, duró 1.000 años más.

Como consecuencia del colapso, muchos ciudadanos romanos se vieron de la noche a la mañana convertidos en siervos, las grandes ciudades del imperio destruidas y abandonadas, las legiones dispersadas, el Latín recluido, poco a poco, en iglesias y monasterios y todos los enlaces necesarios para mantener la complejidad de la sociedad definitivamente rotos y 1.000 años de oscuridad por delante.

Nada de eso ha pasado aquí todavía, pero el BCE parece incapaz de garantizar la estabilidad de precios, que es una de las pocas cosas que tendría que hacer, la gestión de la pandemia por la OMS, muy mejorable en mi opinión, ha debilitado o roto muchos de los enlaces existentes, tenemos una guerra en el patio trasero y la Unión Europea, ya gravemente tocada por el Brexit, va a tener que enfrentarse a la eclosión de múltiples movimientos antieuropeos en varios países. Una situación muy complicada y sin solución aparente. Incluso con otro gobierno.

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