Barbastro

Carlos Latorre: «El que acata, acierta y en Alagón, podré estar con mi madre»

Tras doce años de estancia en la casa de la congregación claretiana de Barbastro, se abre una nueva etapa. Sus superiores han decidido su traslado a Alagón

Carlos Latorre claretiano
El padre Carlos Latorre, en el Museo de los Mártires Claretianos, que él ha atendido durante doce años. L.G.
Lola Gª Casanova
29 agosto 2025

Del Somontano a Alagón. Tras doce años de estancia en la casa de la congregación de Barbastro, se abre una nueva etapa. Sus superiores han decidido este traslado impulsados, en gran parte, por el reciente fallecimiento de dos de los cuatro sacerdotes que atendían a esas parroquias mañas. 

Vuelve a Alagón. 

Con 11 años mi madre, que se había quedado viuda, animada por la maestra María Villegas, la madre del padre Gabriel Campo Villegas, nos dejó a mi hermano y a mí aquí, en la casa de los Claretianos en Barbastro. Pero permanecimos muy poco tiempo, ya que enseguida nos trasladamos a Alagón para formarnos en el Seminario Menor. Y mi madre marchó a trabajar a Barcelona.  

Ha aceptado con paz e ilusión su nuevo destino.

El que acata siempre acierta y yo he hecho voto de obediencia. 

Ahora observo que cada decisión que uno toma se centra más en el yo: en lo que yo creo, a mí me parece, a mí me gusta… y se va relegando el bien del grupo, de la familia, de la parroquia, en definitiva de lo común. 

Usted mantiene un vínculo hondo y personal con Alagón.

Podré estar con mi madre que fue sepultada ahí. Cuando cayó enferma yo me encontraba en Paraguay, llegué tarde y no pude despedirme. No la vi con vida, solo la pude enterrar. Esta pesadumbre me ha acompañado siempre y, para mí, supone el único lamento de mi vida como consagrado.

Nació en San Esteba de Litera y en este tiempo ha atendido a las parroquias de Fornillos y Permisán.

Aprecio mucho a esos feligreses, muy buena gente y con ganas de colaborar. Acudía yo y también dos animadores de la comunidad. Ahora ese tema lo tiene que solucionar la Unidad Pastoral de Barbastro. 

Durante sus años de Barbastro, ha dedicado su tiempo a la divulgación del legado de los mártires claretianos.

He aprendido mucho de estos jóvenes que fueron a la muerte cantando. Seguro que entre ellos existirían sus rencillas, sus desencuentros, pero en esos momentos finales de su corta vida, afrontaron su destino con una serenidad y una alegría para la cual no veo explicación humana. Ellos nos enseñan una visión de la vida en perspectiva, más amplia.

No se olvida del padre José Beruete.

Él se apoyaba en mí y yo en él. Tuve una gran suerte de contar con un guía como él, excepcional, y creamos una gran relación.  

¿A qué lugares le ha llevado su vocación misionera?

Los superiores decidían, uno no va a dónde quiere sino a dónde le mandan, donde creen que desempeñará mejor la función. Pasé en Paraguay 20 años. De ellos, trece en las zonas rurales. Ahí me sorprendió el respeto y la veneración que sentían por los sacerdotes. Aunque como persona fuera un caradura -que alguno hay- un sacerdote era la misma imagen de Jesucristo y así te lo hacían saber. Jamás he vuelto a ver aquello. 

Después recalé en Suiza por trece años  atendiendo a los inmigrantes de habla hispana. De ahí pasé a Roma por un periodo de cinco años y doce en Barbastro.

¿Cómo define esta última época en el Somontano? 

Un  tiempo maravilloso. Me he dedicado, sobre todo, a atender a los visitantes del Museo de los Mártires. En Barbastro no se conoce lo suficiente el tirón que tiene. Este verano hemos recibido al grupo más numeroso con unos 300 jóvenes peruanos. Una gozada. 

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