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El deporte de la caza y su fundamental labor de control de la sobrepoblación

A mediados de agosto comienza la temporada de caza, un deporte que en nuestras comarcas se ejerce mucho. ¿Cuánto conocemos de esta práctica?

Luis Miguel Ester Arnal y Brayan Díaz Veloz posan en Huerta de Vero con "lo mon" a sus espaldas, uno de los montes en los que cazan. Foto: C. Lanau
Cristina Lanau Carpi Lanau Carpi
29 enero 2024

Luis Miguel Ester Arnal y Brayan Díaz Veloz se conocen como aquel que dice “de toda la vida” porque comparten pueblo, Huerta de Vero, pero hace unos años sus caminos se unieron todavía más gracias a la caza. Brayan, de 22 años, aprendió gracias al padre de Luis Miguel, Luis Ester Cebollero.

Tanto Ester como Díaz coinciden en que este deporte “se transmite de generación en generación”, aunque el gusanillo también puede aparecer a raíz de vivir cerca del ambiente, como es el caso de Díaz. “Se trata de algo que he visto siempre. De pequeño me llamaba la atención los animales que habían cazado. También me han gustado mucho los perros desde siempre, así que decidí probar. Al principio no  podía ir como resacador, pero acompañaba al padre de Luis en su puesto solo para ver y oír a los animales”, comenta riendo.

La caza es uno de los deportes que cuenta con más federados en España, situándose en el top tres, pero, ¿conocemos sus pormenores? 

El mundo de la caza

A grandes rasgos, la caza se divide en dos grupos. Por un lado, la caza mayor, que se centra en los jabalíes y corzos, y es a la que se dedican nuestros protagonistas. Por el otro lado, la caza menor, que se centra en conejos y aves como las perdices. Otro dato indispensable: la temporada de caza mayor comienza a mediados-finales de agosto y termina el 1 de marzo. Aunque durante ese periodo se permite la caza, las batidas se concentran desde octubre hasta febrero.

“Ese periodo de descanso existe para que los animales se reproduzcan, nazcan y crezcan. Aunque últimamente hemos observado un hecho curioso. Debido al cambio climático y en concreto, al aumento del calor, las especies crían más tarde, incluso cuando ya ha comenzado la temporada. Esto ocurre porque entran en celo en épocas en las que no deberían, por lo que hasta en invierno crían. Hace poco, en una de las batidas, nos encontramos con varias crías de jabalíes, que ya deberían estar crecidas. En cuanto las vimos, nos fuimos inmediatamente porque a nosotros no nos interesa cazar tres animales pequeños, deben crecer”, confiesa Ester. 

Para poder iniciarse en este deporte se necesita la licencia de armas, la guía de pertenencia del arma, el seguro obligatorio de responsabilidad civil del cazador, el permiso o tarjeta del coto y la licencia de caza. No todos los permisos necesitan renovarse cada año, pero, por ejemplo, la licencia de caza y el seguro sí. “De normal, debes contar con el seguro más alto, el premium, ya que disponen de una responsabilidad civil muy alta y te cubre hasta los dos millones de euros. Pero son necesarios por si ocurre algún accidente cazando. Cuesta dinero, se trata de una afición cara, pero si nos gusta, ¿qué le vamos a hacer?”, explica Ester.

Otra herramienta imprescindible consiste en el libro de batidas. En él los cazadores registran los detalles de cada jornada. “Anotamos desde la zona en la que cazamos, los cazadores y perros que vamos, cuántos y qué animales hemos cazado… Consiste en un registro en el que debes apuntar todo lo que te puedas imaginar”, explican. 

Los cazadores, controladores de sobrepoblaciones

Actualmente la caza de jabalíes no tiene límite de piezas porque existe sobrepoblación de ellos y causan daños en cultivos y accidentes de otro tipo, como de tráfico. Pero la caza de los corzos sí que tiene. Solo pueden cazar siete corzos, que se dividen en cuatro machos y tres hembras. Aunque los cazadores también han notado un cambio en este aspecto.

Díaz explica: “El monte de Huerta de Vero se compone un 80% de corzos y un 20% de jabalíes. Antes ver un corzo era como encontrar oro, ahora nos alegramos más cuando vemos un jabalí. Se ha limitado tanto la caza de estos animales que ahora cada vez existen más”. Ester añade que, además, “los corzos no tienen depredadores naturales. Antiguamente, los lobos suponían una amenaza para ellos, pero ahora apenas quedan… Otro cambio que hemos notado es que antes su hábitat se limitaba a la montaña, ahora cada vez se acercan más a la población. Es decir, ahora los jabalíes están más cerca de la carretera y los corzos donde antes estaban los jabalíes. Además, una curiosidad que hemos detectado es que los corzos y jabalíes no comparten las zonas, no les gusta estar juntos. Donde encontramos corzos no suelen salir jabalíes”.

Aunque el número de corzos haya aumentado, el de jabalíes sigue siendo demasiado numeroso. De hecho, se permite su caza durante todo el año si previamente se ha pedido el permiso para ello. “En ocasiones algunos agricultores nos piden ayuda porque tanto los jabalíes como los corzos se comen los cultivos. Entonces vamos y matamos, por ejemplo, a dos jabalíes, de esa manera el resto se ahuyentan”, confiesa Ester. Y añade que en algunos sitios sucede lo mismo con los corzos y que incluso “ahora los agricultores deben vallar los cultivos y campos de almendreras porque arrasan con todo. Cada año van ampliando más las piezas de corzos que podemos cazar, incluso en algunos sitios la caza es libre porque existe sobrepoblación”.

¿Y qué hacen con todos los animales que cazan? Existen tres opciones: quedárselos para consumo propio, situarlos en un sitio estratégico para que los buitres se alimenten o venderlos.

Brayan se considera un experto en la limpieza y preparación de los animales. “Siempre había visto al padre de Luis hacerlo, por lo que aprendí enseguida. Extraigo las tripas, limpio al animal y lo reparto entre los cazadores”, explica el joven. Y añade: “Todos los restos de animales, como las tripas, o la propia pieza, debemos llevarlos hasta un punto en específico para que los buitres se lo coman. No pueden quedar restos animales en el monte”.

Eso sí, antes de cocinarlos y degustarlos, deben llevar una pieza del animal a examinar al veterinario porque los jabalíes pueden padecer una enfermedad denominada triquinosis que se puede transmitir a los humanos. Sin embargo, los corzos se pueden comer sin pasar por ningún análisis. 

Una de las cacerías más recientes en Huerta de Vero, en las que cazaron numerosos jabalíes. Foto: S.E.

Los perros

Existen dos figuras en este deporte: los cazadores que se encuentran fijos en unos puntos estratégicos y los resacadores, quienes se encargan de ir junto a los perros “levantando el monte”, es decir, ahuyentando a los animales para que salgan de sus escondites. Tanto Ester como Díaz tienen perros a quienes consideran “casi como nuestros hijos”. Los resacadores nos dividimos la montaña en líneas horizontales para cubrir todo el terreno, es decir, uno arriba, otro en medio y otro abajo. “Los perros cazadores se pueden dividir en dos. Por un lado, los rastreadores, que en cuanto localizan un rastro, lo siguen, durante kilómetros incluso, hasta localizar al animal. Sin embargo, nosotros preferimos los podencos, porque saben captar el olor y seguir al jabalí, pero no van tan al rastro. Es decir, igual se desplazan 500 metros y vuelven, pero no se recorren demasiados kilómetros”, explican. 

Para localizarlos, llevan collares con señal GPS y van protegidos con unos chalecos anticortes porque los jabalíes pueden hacerles mucho daño. “Esos trajes protegen sus zonas más débiles, es decir, tripa, corazón y cuello. Algunos jabalíes presentan unos colmillos muy grandes y varias veces han matado a alguno de nuestros perros”, confiesan. Como en los humanos, este es un oficio que los perros aprenden de generación en generación y que los mayores transmiten a los cachorros. “Cuando vamos a una cacería, ellos tienen clara su misión. Persiguen a la presa hasta que los cazadores la matan y ellos la encuentran. Cuando llegan, muerden y muerden porque esa es su recompensa, ver al animal muerto les provoca adrenalina”, añade Díaz. 

En las cacerías que cubren mucho monte, llegan a ir hasta más de 40 canes. “Aunque el monte sea muy grande, los perros siempre acaban llegando a algún puesto de cazadores o de vuelta a casa. A veces se quedan cazando dos días y luego regresan a casa”, explica riendo Díaz. Ester añade una anécdota: “Mi padre un día fue a cazar junto a uno de sus perros desde Huerta de Vero hasta Fanlo y el perro se perdió. Al día siguiente fueron a buscarlo, pero no lo encontraron. Finalmente, apareció en Huerta a los nueve días. Tienen un instinto muy extraño y curioso”, reflexiona. Al igual que los cazadores, los perros también deben tener un seguro y vacunarse anualmente. “Nuestros perros y los que viven en casas son lo mismo. Incluso nosotros debemos cuidarlos más”, declara Díaz.

La caza, un deporte

Aunque la caza se considera un deporte, existe un grupo de la sociedad que no la cataloga así. Pero los que la practican, opinan de una manera totalmente distinta. “Los cazadores no somos el demonio, seguimos la caza por una tradición familiar de muchos años. Se ha transmitido de generación en generación y considero que si no fuera por nosotros, existiría mucho descontrol. Cada año en Aragón se matan unos treinta y pico mil jabalíes declarados… Imagínate si solo estuviéramos un año sin cazar, todos esos animales criarían e invadirían todo”, expresa Ester.

Y añade: “Nos interesa respetar el periodo de caza y los cupos, así como cuidar del monte, incluso en verano. Cuando existe sequía de agua y comida, tenemos balsas hechas donde llevamos agua e incluso comida para que puedan alimentarse los animales”. Ambos confiesan que la temporada de este año “está siendo un poco floja de jabalíes, salvo el otro día que matamos un montón. De hecho, uno de los cazadores vio catorce jabalíes y solo mató a siete de ellos, es decir, salieron el doble de los que logramos alcanzar. Muchos disparan, pero no todos consiguen darle”, ríe Díaz. ¿Cuál es el futuro de este deporte? Tanto Esther como Díaz se muestran optimistas, “incluso muchas mujeres se animan a practicarlo”, concluyen. 

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