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Sol Otto Oliván Al levantar la vista
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El baile de las mascarillas

Sol Otto Oliván Al levantar la vista
11 enero 2022

En este nuevo año, de número hermoso, es posible que todo vaya algo mejor que en el anterior. Eso nos hemos deseado todos, estos últimos días del año que se ha ido, quizás más que otros, o con más intensidad. Y es que seguimos abrumados, asustados, atemorizados incluso por esta enfermedad que nos ha hecho ver que somos mucho más vulnerables de lo que podíamos pensar. 

Mientras los sufridos ciudadanos cumplimos las normas que nos imponen, por nuestro bien, insisten, los gobernantes siguen diciendo algunas sandeces para justificarlas o justificarse. Yo soy extremadamente consecuente con mi oficio y con mi condición de ciudadana y cumplo la ley, pero, por eso mismo, ejerzo y quiero seguir ejerciendo mis derechos constitucionales. Y entre ellos, el de la libertad de expresión para mí es básico en un estado de derecho. Por eso no me sirve eso de que todos los países imponen restricciones a las libertades para combatir la enfermedad como argumento de autoridad, ni me sirve la cantinela de que algo hay que hacer, ni aguanto la pregunta, entre retórica y  prepotente, de qué haría yo de tener la condición de mandamás en jefe. 

En tiempos de excepción, lo escribí al principio de esta etapa, el gobernante exhibe sus instintos autoritarios y tiene la tendencia a imponer por imponer; a tratar como menores a sus ciudadanos; a  utilizar la sanción con fruición y hasta con saña; a censurar, directa o indirectamente, cuanto se opone a sus mandatos. De paso, se utiliza sin recato la indefensión de todos para desviar la atención de su gestión política de manera que nada ocupa su discurso, prácticamente, salvo las acciones encaminadas a nuestra salvación, que magnifican como si se estuviera ante santeros tocados de la gracia divina. No hablo de estos gobernantes, hablo en general, pero es obvio que los nuestros no se salvan ni mucho menos. 

Aquí se han tomado decisiones contradictorias y se han explicado en cada ocasión con alharacas propias de un programa de festejos. Y siguen. Lo de las mascarillas es el mejor ejemplo. Ahora han vuelto, como el Almendro, por Navidad. Ya ni quiero hacer memoria de cómo se ha ido dando tumbos hasta llegar de nuevo a hacerla obligatoria en el exterior, con lo bonito que le quedó a la ministra aquello de que ya podíamos exhibir nuestras sonrisas hace sólo unos meses. Ahora ya no sonríe, más le vale porque sus argumentos ni risa dan. 

Y lo que para mí es más preocupante de todo esto es la seria censura que se impone a quienes no comulgan con las decisiones tomadas o con los métodos empleados; a quienes, desde la palabra, razonan de otra manera o no siguen a pies juntillas las teorías impuestas desde el poder. Es una censura desde arriba, pero va llegando al común de los ciudadanos y a muchos medios de comunicación. ¿Desde cuándo hay que dirigir la opinión de los ciudadanos en una democracia? El pensamiento único es propio de regímenes totalitarios, hay que recordarlo. 

Ha sido empezar el año y cambiar de registro.  Más bien ha sido un lapsus, querido lector, lo confieso. Un paréntesis en mi decisión de hacerles pasar un ratito entretenido, instalada en la ironía. Pero es que, claro, todo el día con la mascarilla a cuestas, hasta a mí se me ha congelado la sonrisa. Pido perdón y prometo que no volverá a ocurrir. 

Feliz 2022.

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