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Pedro Escartín Celeya A cuatro manos
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Desagravio

Pedro Escartín Celeya A cuatro manos
30 diciembre 2021

Primero me ha embargado la sorpresa, luego la indignación y, por fin, la magnanimidad me ha ayudado a atemperar mis sentimientos, al recordarme el aforismo “errare humanum est” (equivocarse es propio de la condición humana). Pero tanto Séneca, a quien algunos atribuyen la sentencia, como Cicerón, en cuyos escritos también aflora la misma convicción, suscribirían la coletilla –“sed perseverare, diabolicum” (pero mantenerse en el error es diabólico)– que la acompaña a modo de aviso para navegantes.

Todo lo anterior viene a cuento del gazapo deslizado en esta misma sección la semana pasada, cuando se resaltó tipográficamente una frase que en absoluto pertenecía al texto del firmante, ni a ningún otro de las páginas de opinión. Es evidente que el duende del ordenador existe, a la vista de éste y otros varios sobresaltos causados por la apetitosa opción de cortar y pegar. El dichoso duende unas veces corta mal y otras, pega peor, con un resultado por lo menos estrambótico. Lo cual obliga a hacer lo posible para mantener el duende a raya.

«Qué sería de nosotros, pobres seres humanos agobiados tantas veces por la desconocida fecha de caducidad que nos acompaña, sin el respiro de esperanza que nos proporciona la presencia de lo divino en nuestra carne»

Pero, en el caso que comento, el texto resaltado comenzaba con la escandalosa afirmación de que “la religión no sirve para nada”, lo cual bien merece un desagravio. Es cierto que, después del punto y seguido, se seguía afirmando: “lo mismo que no tiene utilidad dar dos besos a la familia, estrecharse en un abrazo con alguien que sufre o escuchar a un enfermo”. La carga de ironía de esta segunda afirmación desactivaba el escándalo de la primera y argumentaba a favor del hecho religioso como algo tan necesario como el afecto para que la vida humana sea humana y soportable, particularmente en sus momentos de mayor dureza.

Este desagravio se publicará, si no he calculado mal, en el número que verá la luz en el día de “nochebuena”, lo cual me lleva a pensar qué sería de nosotros, pobres seres humanos agobiados tantas veces por la desconocida fecha de caducidad que nos acompaña, sin el respiro de esperanza que nos proporciona la presencia de lo divino en nuestra carne. Y justamente eso es lo que celebramos en Navidad. Sin olvidarnos de poner los cinco sentidos para no perseverar en el error. 

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