Nos damos cuenta, y así comenzamos nuestra reflexión, de que la Clausura del Jubileo de la Esperanza que se hizo el pasado domingo en la diócesis de Barbastro-Monzón, no fue sólo el final de un calendario jubilar iniciado en Roma por el papa Francisco el día 24 de diciembre de 2024. En realidad creemos que fue una llamada a ser internamente conscientes de que la Esperanza cristiana sigue, y se vive y se celebra, en la vida diaria de las personas y de los pueblos.
A lo largo de estos meses jubilares, nuestras iglesias, santuarios, ermitas y comunidades han sido espacios abiertos para el encuentro, la oración y la reconciliación. Y también, y aceptando la realidad con la paz y confianza que ofrece la fe, se ha ido constatando una realidad compleja que seguimos comprobando: despoblación, envejecimiento, incertidumbres económicas y sociales, y un cierto cansancio espiritual que, propiciado además por un secularismo muy ideológico, va conduciendo de manera paulatina y no sabemos si siempre muy consciente, a un abandono de una fe activa.
Y precisamente en estas situaciones aptas para la desesperanza y el desánimo es donde ha resonado con más fuerza la verdad esencial del mensaje jubilar. El papa Francisco, conocedor profundo de los hilos tejidos en el tapiz ya inmenso y complicado de esta sociedad intercomunicada y a la vez muy dividida, tuvo una intuición de Profeta que hablaba en nombre de Dios: hizo una llamada fuerte a la Esperanza dirigida a un mundo que dice que lo tiene todo y puede ignorar que no tiene lo esencial. La Esperanza, virtud teologal, no nace de la ingenuidad ni de la evasión. Es virtud necesaria para tener la convicción de que Dios sigue caminando con su Pueblo, como siempre lo ha hecho, incluso cuando es de noche y el camino es estrecho y cuesta arriba.
Desde este Jubileo pueden propiciarse comunidades más amables y generosas, parroquias menos autorreferenciales, y una Iglesia que acompaña y acoge. Deseamos que el Jubileo de la Esperanza nos haga volver al Evangelio, a lo esencial.






