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Sol Otto Oliván Al levantar la vista
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Carta navideña de mi prima de Tarrasa (Barcelona)

Sol Otto Oliván Al levantar la vista
05 enero 2026

Querida prima:

Sé que mi carta llega a deshora, aunque ya nos mandamos por WhatsApp nuestros mejores deseos para estas fechas junto a la lotería de Navidad. Mi madre sostiene que no nos ha tocado, precisamente, porque la hemos intercambiado por este medio, en lugar de utilizar el correo ordinario, como hizo ella siempre con su querido y preferido hermano, tu padre. Le he querido hacer entender que no podía ser esa la causa, porque nunca antes nos tocó –salvo alguna devolución o pedrea de tres al cuarto–, es más, tampoco le ha tocado a su amiga Luisa, otra aragonesa vecina con la que juega también, y eso que con ella la cambian en vivo y en directo. Creo que no la convencí.

Este año reconozco que le dio fuerte con el temita. Tomamos, como siempre, la copa navideña con los parientes comunes y mi madre recibió a nuestro primo el ex independentista con la misma monserga: la mala suerte por no haber sido agraciados con algún premio y lo decía en un tono doliente, como si fuera una desgracia injusta, a lo que mi primo contestó que a él tampoco le había tocado y empezó a extenderse sobre el timo que es esto de la lotería, “la banca siempre gana”, decía, por lo que mi madre dio por zanjado el asunto, por no decir que le importaban un bledo sus teorías anticapitalistas, y lo dejó con la palabra en la boca que, en su caso –sostiene siempre mi madre cuando se va– es el mejor sitio donde debe quedarse. Acto seguido, mi madre advirtió a todos que no iba a consentir una palabra más alta que otra y para ello era imprescindible que nos abstuviéramos de expresar opinión alguna sobre los políticos, partidos y demás patulea, eso dijo, antes de exigirnos a todos que le prometiéramos que nos íbamos a comportar y miró fijamente a nuestro primo, que bajó la cabeza. Al principio de venir aquí, todos sentíamos lo mismo y pensábamos de manera muy parecida, éramos una piña y, poco a poco, sin saber cómo, uno canta arriba y otro canta abajo y eso a mi madre la subleva. La reunión fue tranquila porque le hicimos caso y hablamos, sobre todo, de otros tiempos en los que siempre estáis presentes, queridos parientes de la tierra, por los que siente mi madre sana envidia. Nuestro primo el ex independentista hasta lloró por el paraíso perdido. “Como las maracas de Machín está”, dijo mi madre, pero lo abrazó con mucha ternura.

Por cierto, para el próximo año tendré que hacerte un encargo. Como siempre, para Noche Buena teníamos cardo con bacalao en salsa de almendras, pero mi madre estaba un poco pachucha y fui yo la encargada de los fogones, así que quise innovar y añadí unos langostinos fresquísimos y un buen puñado de almejas. Saqué la fuente a la mesa ilusionada, pero mi madre, al verla, torció el gesto y dijo que eso era de nuevos ricos y que en Aragón el cardo se ha hecho siempre con bacalao. Y luego añadió que el cardo de aquí no tiene punto de comparación con el suyo –de su tierra, se entiende– y no hubo forma de convencerla de que este lo traen de ahí, de su Aragón querido. Que no, ella sabe muy bien cómo es el suyo –decía– y este no se parece ni en pintura. Repitió unas veinte veces que era “jasco”, como la carne vieja, y no la sacamos de ahí. Así que me ha encargado que seas tú la que nos proporcione el cardo el año próximo que, por supuesto, lo guisará ella. Así que con el ternasco, que llega siempre puntual, tendrás que mandarnos cardo. Cualquiera que lea esto creerá que vivimos a miles de kilómetros de distancia, o que estos productos son exclusivos de ahí. En cualquier caso, es un capricho fácil de cumplir y a ella le hace ilusión, siempre, abrir el envoltorio como si fuera un regalo de Reyes, de sus Reyes de Aragón.

Bueno querida prima, espero y deseo que el nuevo año sea agradable para todos; que no discutamos por lo que no es importante; que sepamos distinguir lo fundamental de lo accesorio y, sobre todo, que sigamos juntos a pesar de la distancia y de nuestras distintas formas de ver la vida. Un fuerte abrazo.
PDTA. Estaba acabando esta carta cuando he oído a mi madre rezongar desde su sillón frente al televisor: salía el sr. Presidente de España abriendo la puerta de la Moncloa e invitando a que entráramos a ver su mansión –al modo Isabel Preysler, decía él mismo–. Y no era un montaje de IA. Mi madre ha cogido el mando y ha apagado el televisor no sin antes decir, bien alto, por si el anfitrión de la Moncloa pudiera oírla: “enseñar la casa es vulgar, de nuevos ricos, este estaría mejor en la suya, ni clase tiene” –ella que lleva, como sabes, el corazón muy a la izquierda–. Y se ha quedado tan ancha. Menos mal que esto fue después de la copa navideña.

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