El Adviento, vuelve a tocar la puerta de tu corazón como quien llama con suavidad, pero con firmeza para recordarte que tienes pendiente una visita muy especial. El Adviento significa venida, llegada. Con él estrenamos un nuevo año litúrgico, pero, sobre todo, la oportunidad de dejar que Dios vuelva a entrar en tu vida.
El Adviento tiene cuatro semanas para que despiertes, abras los ojos del alma y descubras paradójicamente la presencia del Señor en lo más cotidiano. Jesús te propone un juego fascinante, adivinar cuándo llega, cómo llega, dónde llega, a través de quién llega… Te invita a estar atento si quieres disfrutar de su presencia.
El Adviento nos recuerda que la verdadera luz nace dentro. Nuestro mundo, con sus prisas, intenta adelantar la Navidad. Una fiesta sin MISTERIO, sin Jesús. Él busca corazones donde habitar para transformar desde dentro nuestra historia.
El Adviento, en este primer domingo, nos habla de un Dios que rasga los cielos para acercarse a nosotros. Y, al mismo tiempo, nos muestra nuestra condición de barro en manos del Alfarero: frágiles, sí, pero modelados con ternura.
El Adviento, ¿cómo podría vivirlo yo hoy? Te sugiero estas tres actitudes sencillas pero profundas:
1.- Espera activa.
Esperar es abrirle la puerta al Señor que llega en la Palabra, en la Eucaristía y en la necesidad de cada hermano.
2.- Vigilancia del corazón.
Estar atento a lo que no caduca. Cuidar tu oración personal y comunitaria, reconciliarte con Dios y con el hermano, despertar de la indiferencia. El que vigila descubre que Dios pasa por tu vida más veces de las que te imaginas.
3.- Esperanza que se comparte.
Reconstruir para tender puentes, para elegir la bondad y la misericordia. No puedes esperar al Señor con los brazos cruzados: Él quiere nacer en tu corazón disponible y solidario.
El Adviento es dejar que el Señor modele de nuevo tu vida, haga brotar en ti una fe más sencilla, una caridad más concreta y una esperanza más luminosa.






