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Ildefonso García Serena Al levantar la vista
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Vuelta al cine

Ildefonso García Serena Al levantar la vista
30 enero 2023

Decidí que volvería al cine tantos domingos como me fuera posible. Lo hice como uno de esos buenos propósitos que nos imponemos al principio del año, sabiendo que en la mayoría fallaremos.

Habían pasado tres temporadas desde que la Covid había cerrado las salas de cine y durante ese tiempo terrible y de reclusión las plataformas de streaming nos permitían ver en nuestras casas no solo las nuevas series sino incluso las viejas y gloriosas películas; pero echaba de menos el cine de verdad.

Por otra parte, la tecnología había avanzado muchísimo y los televisores de gran formato, color y sonido ya no eran las pequeñas pantallas de hace años, que hoy son piezas de arqueología industrial. Hoy el gran cine viene a ti sin necesidad de moverte del salón, sin coger el abrigo, salir a la calle, después comprar una entrada y esperar un rato a que empiece el espectáculo. Total, demasiado esfuerzo para ver una película.

Pero resulta que esto no es verdad en absoluto. Por misteriosas razones no es lo mismo ver una película en una sala de cine que verla en televisión. La primera es algo muy diferente y en la mayoría de los casos resulta mucho mejor como experiencia de espectador. Y este extraño fenómeno, esa magia del cine que en general experimentamos, poco tiene que ver con la tecnología o con el placer de devorar un cartón de palomitas (aunque las palomitas son lo de menos).

Desde los inicios de la pantalla chica, los profesionales de la comunicación conocíamos que ese curioso fenómeno que experimentamos los espectadores en el cine no se debe exclusivamente a los factores de extrema atención en la sala, esto es, la oscuridad, la ausencia de ruidos, la inexistencia de ajetreos, la pausa obligada del espectador concentrado en oír y mirar, inmovilizado en su butaca. No hay nada a su alrededor.

Sin embargo, hay un factor aún más influyente, definitivo, diferenciador y que es común a todos los espectáculos que se comparten con un buen número de personas. Una representación teatral, un concierto, un partido de fútbol son ejemplos de este fenómeno que solo puede explicar la psicología neuronal.

Nos influenciamos unos a otros conectándonos en un todo durante el espectáculo: es como si las ondas cerebrales de cada persona de la audiencia se sincronizasen con las de los demás, lo que parece probado en numerosos estudios científicos recientes, aunque los estudiosos de la comunicación lo habían observado desde hace más de cincuenta años. Cuando se apagan las luces somos al cabo de un tiempo un solo cerebro y corazón.

Mi renovada pasión por el cine en pantalla grande ha sido una experiencia de éxito, y creo que perseveraré. Vi la película recién estrenada Living (2022) de Oliver Hermanus, un espléndido film británico en el que concurren sin coincidir varios talentos a la vez, incluido el actor protagonista, Bill Nighy. Basada esta última en la asimismo magnífica Ikuru (Vivir, 1952) de Akira Kurosawa y que su guionista, Kazuo Ishiguro, extrajo de la novela de León Tolstoi, La muerte de Iván Ilich. ¡Así cualquiera! El resultado de esta reflexión sobre el trabajo y el amor, el sentido de la vida y de la muerte, destila una emoción única y una estética elegante y a la vez sobria, británica.

Ahora bien, la podrán ver después los lectores en sus casas, pero un modesto consejo con propiedades curativas incluidas –las que tiene siempre el buen cine para el alma, calmando la ansiedad y el estrés–: para sentir intensamente la lluvia de Londres, o la calidad del encerado de los muebles ingleses, o incluso oír mejor la poesía en la música de Emilie Levienaise-Farrouch, no se queden simplemente en el sofá. Es necesario, creo, acercarse al cine. Será un gran placer recuperado. Es uno de los grandes goces que nos trajo el siglo XX y que ahora está amenazado. Y que nunca, nunca debería desaparecer de nuestras vidas.

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