El autor de El Principito, Saint Exupery, (1900-1944), ya escribió: En esta sociedad… “el hombre muere de sed. Y no hay más problema para el mundo: dar a los hombres un sentido espiritual, una inquietud espiritual. No se puede vivir de frigoríficos, de balances, de política. No se puede. No se puede vivir sin poesía, sin color, sin amor. Trabajando únicamente para el logro de bienes materiales, estamos construyendo nuestra propia prisión”. Pienso que estas reflexiones de este piloto, que siempre vio las cosas “desde arriba”, nos enmarcan muy bien en el profundo sentido de la Navidad que, en definitiva, no se puede vivir sin amor.
Es muy posible que a esta pregunta: ¿cuál es el sentido cristiano de la Navidad?, muchos levantarán los hombros y poco más. Espero que otros digan con convencimiento: ¿es que la Navidad puede tener otro sentido que no sea el sentido cristiano? Y en esto estamos. O es Navidad cristiana, con todas sus consecuencias, o lo otro es otra cosa pero no hablamos de lo mismo. Para celebrar la Navidad cristiana hay que ponerse “las gafas de la fe”. Son las que sirven para ver de lejos y más allá de “lo que se ve”.
Jesús, por los datos que tenemos, nació en Palestina, rincón del mundo de los menos conocidos y lugar despreciado. Apenas los más entendidos de entonces sabrían decir en qué zona de Oriente estaba situada Palestina. En tiempos del nacimiento de Jesús no se usaba oficialmente ese nombre para esa región que era más bien conocida como la región de Judea, Galilea y Samaria. Pero ese fue el lugar escogido libremente por Dios para que desde allí se iniciara el mayor cambio de la historia que en nuestra cultura occidental ya todos dividimos en “tiempo antes de Cristo y después de Cristo”.
Las primeras comunidades cristianas vivieron con muy poco interés, y ninguna preocupación, los orígenes de Jesús, su nacimiento, su fecha, su lugar geográfico etc. En los Evangelios, sólo Mateo dice algo y Lucas algo más, sobre el nacimiento y la infancia de Jesús. Marcos y Juan no dicen nada. Y en realidad, de poco hubiera servido el que Jesús naciera si no hubiera muerto y resucitado. Hubiera sido uno más entre todos y no se hubiera realizado la redención humana. San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, (15,17), escrita probablemente entre los años 54-55, antes de los escritos de los Evangelios, escribe: “Y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” y, consecuentemente, tampoco su predicación.
Los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús son la parte más antigua de la tradición cristiana escrita en los evangelios y, como tales relatos, ya existían antes de ser escritos porque fueron trasmitidos oralmente por los apóstoles a las comunidades cristianas que se iban iniciando en el cristianismo. Por eso, la Pascua, celebrada hoy por las comunidades cristianas en la misma fecha en la que la celebraban los Judíos, siempre en la primera luna llena de primavera, fue la primera fiesta cristiana. En la Pascua en torno a los años 30-33 ocurrió la crucifixión y muerte de Jesús entre los diez primeros días de nuestro mes de abril. La Pascua cristiana varía cada año precisamente porque depende de cuándo es el plenilunio de primavera, dentro de los días de la fase lunar. En cada Pascua la Iglesia celebra los grandes misterios de su fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Esa era la gran fiesta de los primeros cristianos, y sigue siendo hoy la gran fiesta de la Iglesia.
La Navidad la empezaron a celebrar los cristianos en torno al siglo IV como para completar, recordando su nacimiento y su infancia, la vida de Jesús. Y la fecha del 25 de diciembre seguramente se eligió porque, así lo indica San Agustín, es cuando los días comienzan a alargarse y el niño que nace va a ser el verdadero sol, la Luz del mundo. Aparte de cristianizar la Iglesia la fiesta pagana del “Sol invicto”, celebrada el 25 de diciembre. El verdadero “Sol invicto” es el niño que ha nacido, que se llamará Jesús, y será el Mesías esperado desde siglos y el salvador del mundo. Hoy la Navidad se prepara en la Liturgia con cuatro semanas previas de preparación en lo que conocemos como Tiempo de Aviento.
Siglos más tarde llegaron “los Belenes”, con su inicio en el siglo XIII con San Francisco de Asís. Avanzando los siglos fueron llegando los villancicos, siglo XV, y lo del árbol de Navidad, siglo XVI, y se fueron añadiendo elementos religiosos y culturales. Hoy es tal “la mezcla de todo” que, por fuerza, lo que urge es volver a los orígenes, y entender y celebrar esta fiesta del Nacimiento de Jesús, aurora de la salvación, como “Dios manda”, no como mandan los dirigentes del consumo y de una secularización rara y extraña.
¡Alegre Navidad, sobran motivos para la verdadera alegría, para todos!







