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Frutería del Vero. L.S.

Frutería del Vero. L. SAMPEDRO

Por: CARLOS GÓMEZ MUR

Seis semanas, siete con esta. Las calles casi vacías, sobre todo por la tarde. Por la mañana gente apresurada con mascarillas, guantes y bolsas de la compra. Algún vecino a la hora de aplaudir, una oficina enfrente desde la que salen a fumar, de tanto en tanto, un par de jóvenes y una tienda de alimentación, en la esquina, que se mantiene abierta mañana y tarde ajena al vacío de la calle y en la que, de vez en cuando, entra algún cliente. Batas, camisetas y un conjunto de ropa interior expuesto en un maniquí sin cabeza, brazos ni piernas en una tiendecita muy agradable y luminosa que apenas llevaba unos pocos días abierta cuando empezó esto y que ahora está cerrada y con las luces apagadas. Dos librerías abiertas cerca. Todo un lujo. A veces se ve un coche de la Guardia Civil y el domingo se vieron algunos niños con sus padres. Por la noche algunas luces en las ventanas, pocas, porque somos pocos vecinos y nadie por las calles, salvo entre las 8 y las 8 y media en que los aplausos y las sirenas de los coches de los distintos servicios públicos animan un poco todo. Después silencio hasta bien entrada la mañana. Y así un día y otro día, pero dicen que sólo un par de semanas más. Ya veremos. No se puede salir de casa si no es por una serie de razones tasadas y la gente, en general, respeta las normas aunque algunas de ellas sean algo absurdas, como la que prohíbe cultivar un huerto o ir en pareja en el mismo coche, aunque la pareja conviva en la misma casa. Muchas cosas que parecían casi imprescindibles, salir a tomar un café por la mañana, por ejemplo, han resultado no serlo tanto, gracias, sobre todo, a que el contacto social se ha mantenido, por otros medios, en un país en el que el que, según un estudio de la revista Expansión, el 96% de los ciudadanos tiene teléfono móvil. Claro que la situación no es igual para todos. No es lo mismo vivir en una casa grande que en una pequeña, en una casa luminosa que en una habitación oscura, no es lo mismo vivir en una familia sin que en una con problemas de convivencia o de maltrato y no es lo mismo tener uno o dos salarios que ninguno. El confinamiento se vive de manera muy diferente en función de las circunstancias de cada uno. Es, en definitiva, un confinamiento para ricos bien avenidos y si no, con posibilidades de mantener las distancias dentro de casa. Por el momento parece que las tiendas y supermercados de alimentación, el suministro de combustible, agua y electricidad y algunos otros servicios básicos siguen funcionando, sin más que alguna disfunción menor y ocasional, pero el mercado del petróleo, ya seriamente tocado antes de la eclosión de la epidemia, está experimentando una crisis sin precedentes que llevará inevitablemente a la quiebra a empresas de extracción, refinerías y transportistas. Y la crisis energética es, siempre, la primera fase de una crisis sistémica, el colapso que amenaza, otra vez y cada vez más seriamente, un modo de vida basado en la globalización que había asignado a buena parte de España el papel de parque temático y destino turístico prioritario. Puede que eso sea ya cosa del pasado y puede que haya que asegurar más localmente la supervivencia. Tampoco sería tan malo. La mayoría de los que lean esto no sabrán de qué hablo pero esta ciudad, como muchas otras ciudades y pueblos de la España vaciada, fue en algún tiempo autosuficiente. Es cuestión de organizarse. Pero pronto. Por si acaso.