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Vie, May
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País, paisaje y paisanaje

Opinión
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Sección: CUATRO MANOS

Voy a anotar, entre los daños colaterales del confinamiento que venimos sufriendo, el haber visto el capítulo del programa “El Paisano”, emitido por la uno de Televisión Española hace dos o tres semanas. Como se trataba de mi pueblo, que es Aínsa, familiares y amigos me animaron a verlo, insistiendo, como argumento convincente, en que se iba a emitir en la franja horaria de máxima audiencia, por lo que no me lo podía perder. Y no me lo perdí, pero perdí el tiempo.

Todavía no sé cuál es el propósito de dicho programa. Pero, si pretende mostrar cómo son nuestros pueblos, mucho me temo que esté errando el blanco, porque no acierta a dar una idea cabal ni del país, ni del paisaje, ni de su paisanaje. Cada pueblo forma parte de un país, que tiene su historia. En el caso que nos ocupa, una historia larga y rica, como es la del reino de Sobrarbe, cuyos orígenes son recreados cada dos años en una magnífica puesta en escena, a la que contribuye el paisaje y el paisanaje de este lugar, que ha trabajado con seriedad en rehabilitar los vestigios históricos de un pueblo singular. Ni por asomo apareció un mínimo atisbo del país que “el paisano” visitaba.

El paisaje, es verdad, fue lo mejor del programa, aunque esto no es mérito del realizador, sino del lugar donde este pueblo se asienta, que tiene la majestuosidad y hermosura que el Creador le regaló. Y es lástima que no diera más juego a un paisaje, tanto natural como urbano, que ofrece interminables perspectivas. Lamentablemente, se contentó con reiterar vistas y enfoques visionados desde los primeros minutos, sin ninguna preocupación por situarlos en su contexto geográfico e histórico.

Y el paisanaje tampoco era representativo del vecindario que he conocido en mi pueblo. Dejando al margen alguna que otra inexactitud, al paisanaje se le asignó el papel de “la claque” o “la clá”, en lenguaje castizo, que no es otro, según el Diccionario de la Real Academia, que el de “un grupo de personas que asisten a un espectáculo con el fin de aplaudir en momentos señalados”. Si no fuera por el respeto que me merecen las gentes de mi pueblo, al autor de aquellos momentos de jolgorio con que salpicó el programa cabría aplicarle la conclusión de la fábula de Tomás de Iriarte: “Guarde para su regalo / esta sentencia un autor: / si el sabio no aprueba, malo; / si el necio aplaude, peor”, aunque la responsabilidad es del autor por asignar a la gente ese papel. ¡Lástima de programa y de ocasión fallidos!