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Vie, May
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Las iglesias vacías

Opinión
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Escribí hace unos días sobre el impacto emocional que me producía ver la plaza de San Pedro en Roma vacía cuando el Papa rogaba y bendecía a la humanidad en esta crisis epidémica.

Pero no solo la plaza también los templos, las iglesias, se han quedado vacías. En ellas no hay un alma en el sentido más literal del término.

El coranavirus y quienes lo gestionan han conseguido vaciarlas. El miedo al contagio nos ha encerrado a todos en nuestras casas y las imágenes de desolación en estas festividades de Semana Santa han sido palpables. Ni actos litúrgicos, ni procesiones; NADA.

No ha habido nada. Algo impensable. Las pocas imágenes de televisión nos mostraban unas celebraciones excepcionales, únicas, singulares y tristes que no hubiéramos podido imaginar.

Pienso que la fuerza de la Iglesia siempre ha radicado en sus fieles. Ellos con su fe, con sus obras, con su ejemplo de vida han sido a lo largo de todos los tiempos su mayor valor.

En la primera época del cristianismo, cuando ya había un número considerable de seguidores de la nueva religión y ésta se oficializó, se necesitó un espacio donde poder reunirse y realizar las ceremonias litúrgicas. Por ello en el arte que denominamos paleocristiano, no se optó por el modelo de templo romano porque éstos eran pequeños pues su religión no prescribía reuniones de la asamblea de fieles.

En su lugar se eligió otro edificio de la arquitectura romana como la basílica en la que la capacidad era mucho más grande. En ella si que cabía el número cada vez mayor de personas que profesaban la religión cristiana.

Por ello se han construido a lo largo de la historia templos cristianos en los más variados estilos y tamaños. Pero siempre con una finalidad clara: albergar a toda la asamblea cristiana.

No se construyeron estos edificios por toda la cristiandad para no usarlos, para que estuvieran sin gente. Desde el templo más grande como San Pedro a la última y remota ermita en ellos siempre se han juntado los fieles para rezar.

Siempre se ha contado que después del terror al fin del mundo que se auguraba para el año 1000, la Europa de entonces se llenó de templos para agradecer a Dios que el mundo continuara. Los recursos de aquella sociedad se destinaron a construir iglesias como testimonio de fe de aquellas gentes.

Y hoy, ¿qué hacemos? Hoy las dejamos solas.

Siempre he pensado que una construcción destinada a albergar a mucha gente, cuando por la noche se cierra y no hay nadie, impresiona y resulta sobrecogedora. Por eso me encoge el alma ver las iglesias cerradas y que no se pueda entrar en ellas.

Pero igual que salimos para comprar alimentos que nutran nuestro cuerpo, ¿por qué no podemos alimentar también nuestra alma? Quizá sea que en una sociedad desacralizada como la que algunos propugnan, eso no lo consideren necesario.

Quisiera desear, como todos, que esto acabe pronto, pero que igual que en el año 1000 la cristiandad se llenó de iglesias, nosotros ahora las volvamos a llenar. Por dentro.