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La vuelta al pueblo (en 80 días)

Cartel de la exposición de Óscar Catalán que permanece en el Centro de Congreso. L.S.

Opinión
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Ha bastado la aparición de un simple microbio para convertir nuestras ciudades en inmensas cárceles. El miedo a un virus invisible y las restricciones a la movilidad impuestas por la cuarentena ha sacado a luz las carencias de un modo de vida basado en la creciente concentración urbana de la sociedad actual.

En las ciudades nuestro espacio vital se reduce si nos quitan las calles, los parques, los bares, los comercios... El hogar, la fortaleza donde nos parapetamos, es una trinchera de poco más de 80 metros cuadrados. Insuficiente para un encierro prolongado como el que estamos sufriendo. También para la normalidad en la que vivíamos hace escasas semanas, por mucho que insistan los geógrafos en lo contrario. Estos días las ciudades son miles de pisos de 80 metros cuadrados de privacidad sin salida.

Sin espacio público no hay ciudad. Por eso no debe extrañarnos la reacción inicial de muchos ciudadanos de abandonar, a la primera alarma, las ciudades en dirección a sus segundas residencias o a sus pueblos de origen. El confinamiento, se sobreentiende, es menor si por lo menos la vista alcanza a ver un huerto, el mar o unos campos. Y es directamente un segundo grado si te permite pasear por un recinto al aire libre, de tu propiedad.

La concentración urbana es un fenómeno general, una constante mundial, pero cuando acontece una amenaza, ahora una crisis sanitaria por la pandemia, hace no mucho una crisis de salud pública por la polución, la gran ciudad se convierte en una trampa de la que es difícil escapar. Aun así hay diferencias con el resto de países de nuestro entorno y en esta comparación España no sale bien parada. Nuestro país está a la cabeza de Europa en densidad de ocupación del suelo en las ciudades, en la elevada edificabilidad de las construcciones y en habitantes por kilómetro cuadrado en áreas urbanas. Cualquiera que haya paseado por ciudades francesas o alemanas habrá reparado en las diferencias.

Para bien o para mal, nuestro modo de vida se ha ido articulando en espacios urbanos cada vez más reducidos. Es el estilo mediterráneo, la plaza pública. Por ello el confinamiento y el distanciamiento social es, si cabe, una alteración mayor en nuestras vidas. ¿Es posible que el encierro de millones de personas en pisos de reducido tamaño y sin acceso a espacios exteriores provoque un cambio en las preferencias sobre la vivienda? Y si esto ocurre, ¿surgirá un interés por residir en poblaciones más desconcentradas?, ¿o en nuestros pueblos? Estará por ver. Los análisis de las búsquedas realizadas estos días en los portales inmobiliarios parecen indicar esta dirección.

Nuestra sociedad se ha topado de bruces con una realidad desconcertante. Esta pandemia, y otras amenazas que seguro llegarán, ya no pasan en países lejanos ni son una noticia en la sección de internacional de los periódicos. Está ocurriendo aquí y ahora. Por primera vez nuestro medio rural, y Barbastro en él, está en mejor posición que las gran ciudad para ofrecer una alternativa de vida en sociedad. Aprovechémosla.