Hace años, no muchos, pero tampoco pocos, ensayábamos para la función de Navidad ese villancico de “canta, ríe, bebe, que hoy es Nochebuena” y, entre zambombas y almireces, rematábamos con aquello de “y dale a tu suegra la murga después”.No era fino. Tampoco hacía falta. Sin saberlo, estábamos aprendiendo el primer código de supervivencia familiar: en Navidad, el conflicto era parte del folclore.
Durante mucho tiempo, la grieta navideña tuvo un rostro claro y asumible. La suegra, el cuñado, el comentario fuera de lugar que se apagaba con un carraspeo, un brindis rápido y otra cucharada de consomé. Se escuchaba, se replicaba y la cena seguía su curso. Como mucho, alguien se levantaba antes de tiempo a por turrón. Eran tensiones analógicas: de mesa larga, sobremesa ruidosa y paciencia entrenada. Madrid o Barça. El discurso del Rey. Cardo con bacalao o cordero. Si antes se vivía mejor o solo se vivía distinto.
Debates que se digerían despacio, con las copas llenas y la certeza de que, pasara lo que pasara, al día siguiente seguiríamos sentados en la misma mesa.
Hoy, sin embargo, la grieta se ha vuelto fría y ya no tiene nombre propio.
Ya no nos damos la murga, ahora nos damos el mitin. Dos de cada cinco españoles han presenciado o participado en discusiones políticas fuertes durante la Nochebuena o Nochevieja. ¿La novedad? Hasta aquí, ninguna.
Lo inquietante está en el efecto y en la sombra alargada de la palabra de moda: polarización.
Cinco millones de españoles han roto relaciones personales por motivos ideológicos: el 14 % de la población adulta con derecho a voto, según un informe de la organización ‘More in Common’. No hablamos de discusiones acaloradas ni de diferencias puntuales, sino de vínculos rotos. De llamadas que no se hacen y mesas a las que ya no se vuelve. Lo que antes era una discrepancia de opinión hoy se vive como una frontera moral. Ya no se debate sobre gestión, sino sobre identidades. Y eso no se digiere con un brindis ni se pasa con paciencia. Es mucho más difícil de tragar que un mazapán seco.
Al final, hemos sustituido el ruido de la zambomba por el silencio del bloqueo en WhatsApp. Una victoria pírrica: tenemos la conciencia tranquila y el salón mudo. Ya no buscamos el consenso, buscamos la validación y si no la encontramos, cortamos el cable.
Es una forma muy eficiente de quedarnos huérfanos de sobremesa. Si el villancico decía aquello de ‘canta, ríe, bebe’, hoy parece que la letra va más de ‘juzga, calla y vete’.
Esta Navidad, mi apuesta es recuperar la murga como patrimonio inmaterial de la familia. Discutamos, carraspeemos, pero volvamos a por otra de turrón. Porque, entre tú y yo, no hay certeza tan importante como para quedarse sin nadie con quien brindar.







