En la década de los setenta del siglo pasado, resonó el eslogan: “¡Habla, pueblo, habla!”, con la ilusión de poder tomar la palabra que había estado secuestrada durante tantos años. Desde entonces, nos hemos acostumbrado de tal manera a manifestar periódicamente nuestras preferencias sobre el gobierno del país que el ejercicio del voto tal vez resulte una tarea incómoda para algunos. Sin embargo, es una tarea –obligación indispensable, me atrevo a decir– para mantener la democracia con buena salud. Acabamos de asistir al proceso electoral de Extremadura y, en los próximos meses, volveremos a vivir la misma liturgia en otras tres comunidades autónomas, la nuestra entre ellas. Al filo de lo vivido y del panorama que se vislumbra a partir de esos comicios, quiero compartir algunas reflexiones con mis lectores.
La primera es una invitación a superar el tedio que puede producir en algunos la rutina electoral. Estas personas tendrían que recordar, si es que lo vivieron, el tiempo en el que manifestar las propias opiniones políticas, y no digo ya las propias preferencias, podía ser objeto de persecución, a menos que se hiciera en voz baja y sin darse a entender. Aunque suene a frase hecha, los procesos electorales son, sin paliativos, la fiesta de la democracia. Por eso han de ser tomados en serio.
Mi segunda reflexión está motivada por el modo con el que a veces se manifiesta la confrontación entre los programas y propuestas electorales por parte de los candidatos. Hay ocasiones en las que el ruido del inevitable –y necesario–conflicto de la confrontación no da voz al respeto, sino a la descalificación del adversario político, convirtiéndolo en enemigo. Un verdadero ejercicio de madurez personal y de salud democrática es la capacidad de discrepar escuchando y valorando las opiniones contrarias como camino para encontrar lo mejor. La biógrafa de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, transmitió esta frase del filósofo francés que resume su pensamiento sobre la libertad de expresión y la tolerancia: «No comparto tu opinión, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarla». Ningún demócrata consciente ha de olvidarla.
La tercera viene a cuento del panorama que se vislumbra tras el resultado de las últimas elecciones. También en esto es preciso echar mano de los recuerdos: la pacífica transición hacia la democracia en nuestro país fue posible, contra todo pronóstico, por la capacidad de diálogo y la búsqueda de consensos que tuvieron en su momento aquellos dirigentes políticos. Si no se hubiera llegado a pactos en beneficio del bien común, no se hubiera logrado superar una situación endiablada en la que todo había quedado atado y bien atado, según se decía.
Cierto que la democracia no es un sistema perfecto, pero es mucho mejor que su alternativa: el despotismo, sea el de los ilustrados del siglo XVIII, que pretendían modernizar al pueblo con las ideas de la ilustración, pero sin contar con el pueblo, sea el de los ignorantes, del que tenemos algunos ejemplos notables en nuestro tiempo.







