Hace poco más de un año, éramos carne de psiquiatra porque al parecer, una extraña neumonía de origen porcino nos iba a dejar para el arrastre.  Vamos, eso es lo que la OMS nos advirtió por activa y por pasiva: que un fulano llamado H1N1 iba a acabar con cientos de miles de personas  en todo el mundo, como ya lo hizo en el 18 la española. Llegaba la terrible gripe A.
¿Gripe qué? Afortunadamente nadie se acuerda del culebrón. ¿Nadie? Bueno casi. Los bolsillos de los contribuyentes son algo más pobres de lo que ya eran, a costa de unos pocos que nos la metieron pero bien doblada. Las multinacionales farmacéuticas nos inocularon la empanada mental y a su costa estuvimos dispuestos a aceptar  todo tipo de extravagancias: desde comprar vacunas de composición incierta hasta desempolvar los Tamiflú sobrantes de la gripe aviar y que por supuesto, ahora sí que sí, iban a ser la panacea. Pasando por la moda de hacer la compra con mascarilla o replantearnos muy seriamente la insana costumbre de ir dando besos por ahí o quedarnos embarazados. ¿Y qué me dicen del boom de ventas del gel milagroso que hacía al virus picadillo?
Porque de la mal llamada pandemia, acabamos con la más suave de todas las gripes desde que existe un registro histórico: 230 muertos. ¡Y eso con los datos de los países del hemisferio sur delante de las narices! Y claro, ahora los gobernantes se las ven y las desean para endiñarles  a los pobres países del este, África, (cómo no),  o a quién haga falta  tanta vacuna sobrante, a ver si recuperamos unos euros.  
Pero con el miedo no se juega, ¿o si? El Consejo de Europa  ha puesto a parir a la OMS y con razón. Su «falta de transparencia» ha sido escandalosa y francamente preocupante. Hoy ya se puede afirmar que algunos de sus principales asesores, cuyos criterios deberían ser estric- tamente científicos, están untados hasta las trancas por las grandes compañías. Nos debería inquietar y mucho, que el organismo que vela por la salud de este planeta esté en manos de los que piden cobrar por adelantado.  
Quizás sea demasiado fácil hacer crítica a toro pasado, pero es que señores, algo huele a pufo. No soy quién para decir cómo gestionar una crisis sanitaria de esta envergadura, faltaría más, pero quizás sea la oportunidad de aprender de una vez por todas de nuestros errores.  ¿Ya no hay vacas locas?, ¿los pollos ya no tienen gripe?  A la cuarta va la vencida.

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