Leía hace unos días, entre el estupor y la esperanza, una entrevista a la Dra. María Blasco (El Mundo, 23 agosto 2010), directora del programa de oncología molecular del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), referente internacional en la investigación contra el cáncer y de quien se oyen campanadas de Nobel, cómo con cierta ironía contaba la precaria situación que viven los científicos españoles.

Que Jezulín y señora se jamen 400000 euros en una santiamén  por mostrar sus vergüenzas , mientras el sueldo de nuestra doctora es 100 veces menor evidencia que algo no chuta bien del todo en este país de la Esteban y  la resaca del ladrillo, de lo vulgar como denominador común y la estulticia instaurada a casi todos los niveles.

El impacto de la investigación de calidad en el desarrollo económico de la sociedad es determinante y más en estos tiempos post-ladrillazo del pan para ayer y hambre para hoy, que nos debe hacer reflexionar acerca de qué país queremos ser. El de la horterada y lo aparente, o por el contrario, apostar por un modelo serio que por cierto, ya empieza a dar resultados en países vecinos también tocados por la dichosa crisis.

Es chocante la escasa pronunciación en los medios de comunicación, los mismos de los Tomate o Sálvame de turno,  buffets libre de carroña y demagogia a tutiplén. Por no decir de los burócratas con angrucia de inauguración de centro de diseño con foto a primera plana, en muchos de los cuales nadie sabe qué se guisa en sus probetas.

Pese al indiscutible aumento de la inversión en los últimos años, éste no ha sido en absoluto proporcional a los recursos de nuestros investigadores, que siguen en condiciones de segunda, tirando del carro con talento e imaginación, los muchos hidalgos que este país siempre ha dado.

De hecho, pese a la sinrazón de un modelo educativo catastrófico en el que la investigación científica ha quedado relegada a la mera anécdota, España presenta niveles de producción científica superiores a su financiación, demostrando una vez más, la labor titánica de nuestros Quijotes.

De ellos nos va la lucha contra la enfermedad o el futuro de nuestros hijos. En definitiva, el empeño en ser mejores.

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