Por Pedro Canut. Psiquiatra

Hay una pandemia en la sociedad occidental que se ha instalado entre nosotros sin apenas darnos cuenta, se llama depresión.
Hablamos de ella con naturalidad, todos conocemos a alguien que la padece o que está de baja laboral por su causa, muchos la hemos sufrido en nuestras carnes o hemos creído que podíamos caer en sus abismos en algún momento de vacilación o incertidumbre.
Se diría que la gente de antes no se deprimía tanto. Quizá no tenían la oportunidad, ocupados en ir sobreviviendo en el duro día a día. Tal vez aquel estado de carencias permanentes les remitía con demasiada contundencia a la esencia incompleta del ser humano, alejándolos de la fantasía posmoderna de la felicidad.
¿Será cosa de la crisis? ¿O es que somos más débiles? ¿Es que nuestros cerebros han dejado de fabricar Serotonina convirtiéndonos en pusilánimes espectadores de nuestras propias vidas?
En una sociedad de consumo voraz el sujeto se encuentra a merced de las leyes que dicta el mercado, que nos propone una sucesión interminable de objetos para la satisfacción al servicio de un ideal de bienestar. La píldora de la felicidad (léase antidepresivos) viene a cumplir esa promesa de completud que inevitablemente se encuentra, tozuda, con el desencanto de vivir.
Los psiquiatras y demás profesionales de la salud mental hemos colaborado a mantener estas expectativas, creyéndonoslas en virtud de un supuesto saber absoluto de la ciencia que aspira en su mitología al control de las funciones cerebrales, de la conducta y el sentimiento humanos.
Vista así, la proliferación de sujetos depresivos por insatisfacción de unas expectativas mal calculadas es un producto de nuestro tiempo.
Vivir no es gratis. Está en la responsabilidad intrínseca del sujeto hacerse cargo del precio, conociendo los entresijos del propio deseo, detectando y asumiendo las consecuencias de decisiones que se toman permanentemente, aún de manera inconsciente y permitiéndose disfrutar de los momentos que así lo merecen.
Hay «los otros depresivos», menos glamourosos, demasiado cercanos a un vacío sin fisuras, intolerable. Siempre existieron y existirán, al margen de modas o pandemias. Se les ha venido llamando melancólicos.
Otro día hablaremos de ellos.

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