La fórmula magistral constituyó hasta la segunda mitad del siglo pasado, una parte muy importante de la terapéutica occidental. Muchos de nuestros lectores, todavía se recordarán con cariño en busca de ese remedio que entre morteros y probetas le había preparado su boticario.
Posteriormente, se inicia un proceso de industrialización del medicamento, con el nacimiento de las grandes compañías farmacéuticas y la desaparición de la botica de antaño como laboratorio de medicamentos, transformándose paulatinamente en la oficina de farmacia que hoy todos conocemos.
Los albarelos, las gavillas de plantas medicinales y otros objetos colgantes, son sustituidos por estanterías repletas de medicamentos comerciales. El farmacéutico debe asumir tanto el paso del arte de formular («el quehacer con las manos») al arte de dispensar («el quehacer con la palabra»), como el cambio de objetivo empresarial desde la «venta de fórmulas magistrales» a la «dispensación de conocimientos».
Sin embargo, hoy en día, la formulación magistral está recuperando su protagonismo, como medicamento siempre prescrito por el médico y adaptado a las características especiales de cada paciente. Entre otras muchas circunstancias que así la justifican, están la de elaborar medicamentos no comercializados o que se encuentren en dosis diferentes (pediatría), facilitar la administración y cumplimiento de muchos tratamientos (geriatría), personalizar la prescripción asociando diferentes moléculas o innovar seleccionando el vehículo adecuado.
Además, la formulación magistral del siglo XXI se elabora en condiciones de máxima calidad, aplicando a pequeña escala, la misma normativa que se le exige a la industria farmacéutica.

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