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Opinión Editorial

20 de noviembre de 2015

Ante la cadena de atentados que el pasado viernes conmocionó a París y, por simpatía –en su acepción etimológica de emocionarse-con-el otro–, a la Unión Europea y a gran parte de occidente, nos quedan dos o tres cosas claras, al menos.

La primera va más allá del debate sobre si estamos ante una guerra justa y sobre la responsabilidad de Occidente. Toda guerra desencadena tal cúmulo de efectos colaterales que la transmuta en algo terriblemente doloroso y execrable. Pero con la misma rotundidad es justo afirmar la obligación, por el más elemental humanismo, de frenar la persecución que sufren esas oleadas de refugiados que llaman con dramatismo a las puertas de Europa. Abandonan su patria, su casa y sus pertenencias porque su vida está cruelmente amenazada por unos desalmados dispuestos a eliminar, con violencias y torturas, a quienes no piensan como ellos o no se avienen a secundar sus dictados.

A renglón seguido nos apuntamos a la convicción de que es contradictorio y, como ha dicho el papa Francisco, blasfemo matar en nombre de Dios. La demanda del Creador: «¿dónde está tu hermano?» quema, aunque traten de ignorarla, en las entrañas de quienes derraman sangre humana con el nombre de Dios en sus labios. Nuestra vieja Europa ha tenido que andar un largo camino para entender que al Dios que se proclama amigo de la vida no se le honra matando a nadie. No podemos, pues, aceptar la incoherente pretensión de estos talibanes.

Por ello, no es justo propugnar una especie de equidistancia entre las víctimas y los verdugos, como alguno ha pretendido después del atentado. El perdón engrandece a quien lo otorga, pero justamente por su magnanimidad, es patrimonio de las personas y no de la sociedad en su conjunto. La complejidad de la vida y la defensa de los débiles injustamente oprimidos obliga a la sociedad a emplear en ocasiones la fuerza, en aras del bien común.

Y por fin, rindamos un homenaje de admiración a nuestros vecinos de allende los Pirineos. Al verlos apoyando sin fisuras al gestión de sus gobernantes ante una situación de emergencia, unánimes en su sentimiento de nación y coreando el himno que les identifica, vienen a la memoria jornadas no lejanas, con similares circunstancias, en las que parecíamos el patio de Monipodio en detrimento del país europeo que aspiramos a ser.

 

13 de noviembre de 2015

Este fin de semana se celebra en las diócesis de España el Día de la Iglesia diocesana. En cada diócesis, Iglesia local llamada por el Concilio Vaticano II, se diversifican las actividades pastorales en muchos ámbitos que quedan encuadrados dentro de la catequesis, la liturgia y la caridad. La acción pastoral la dirige un obispo en cada diócesis y todos los bautizados, –sacerdotes, religiosos y laicos–, cada uno desde su propia misión y de manera corresponsable, han de ir colaborando en la construcción espiritual y material de la Iglesia local.

La diócesis de Barbastro-Monzón, situada en una zona geográfica del norte de Aragón tiene una superficie de algo más de 7.000 kms. cuadrados con un total de habitantes cercano a los cien mil.  Su estructura demográfica es muy desigual ya que en la zona norte de la diócesis hay muchas parroquias con pocos habitantes y en la zona sur menos parroquias y más habitantes. El número total de parroquias es de 242 que son atendidas por 72 sacerdotes que, en este momento, tiene una media de edad superior a los 68 años. En la diócesis hay tres monasterios de vida contemplativa y varias comunidades de religiosos y religiosas de vida activa que atienden parroquias, colegios y residencias de ancianos. La vida pastoral de la diócesis se hace cada día acompañada también por un amplio número de laicos ocupados principalmente en la catequesis, en la liturgia, en labores asistenciales y caritativas y perteneciendo a diferentes movimientos apostólicos. En definitiva, toda una vida que hay que seguir manteniendo entre todos. Igual que en una familia todos son necesarios, en la Iglesia local lo mismo: ningún bautizado debe pensar que lo de la diócesis no va con él. Todos los bautizados, cada uno según su condición y posibilidades, deben mantener viva y activa la Iglesia Diocesana.

Los fieles cristianos no son meros receptores de los diferentes servicios parroquiales sino que, con sentido de pertenencia a la Iglesia, deben contribuir a su misión evangelizadora con la oración, el testimonio de su vida cristiana, la participación habitual en las celebraciones de la fe y en las distintas actividades apostólicas, en las obras socio-caritativas, en el sostenimiento económico de la Iglesia, en la conformación de la vida pública según los criterios del Evangelio, en el cumplimiento de sus deberes familiares, laborales y sociales, en la defensa de la vida, en la lucha por la justicia y la defensa de los más débiles, etc. Toda una magnífica obra, para bien de la Iglesia y de la sociedad, en la que hay que pensar en este Día de la Iglesia diocesana.

 

30 de octubre de 2015

Ya dejó claros los personajes del teatro de la vida nuestro gran Calderón de la Barca con su Auto Sacramental El gran teatro del mundo. Desde el corazón con que está escrito entonces, se puede. Desde la superficialidad banal con que a veces se tratan hoy estos temas, no tanto. Y nos preguntamos cómo vivimos estos días la fiesta de Todos los Santos, el recuerdo de los difuntos y lo que eso lleva consigo de memorias, amores, ilusiones y fracasos, que de todo tenemos todos. Nos gustaría que estos días se llenaran de vida en el recuerdo de la muerte y de la santidad. Todo es verdad: la vida, la muerte y la santidad. El pecado, también. Pero ojalá fuera mentira.

La historia de la humanidad entera es una historia de peregrinación. Para peregrinar, cada uno debe saber qué necesita y cuántas cosas de-be ir dejando en el camino para llegar listo a la meta. La vida «no es una historia contada por un loco» sino una marcha que, por fuerza, empieza con la vida y, por fuerza, acaba con la muerte. Qué hay después de cruzar esa puerta necesaria de la muerte no lo sabemos con nuestra cabeza. Su conocimiento es algo que está «más allá de» la razón pero eso no significa, por eso mismo, que no sea razonable creer que la puerta es puerta abierta y deja paso a una nueva experiencia de vida. Razón y fe no son antagónicas. Son amigas y se ayudan. Donde la razón no llega, alcanza la fe.

No somos los primeros en decir que podemos estar, y a pesar de estar en el desarrollado siglo XXI, «enfermos de sentido». Los racionalismos del XIX decretaron «la muerte de Dios» como si tal cosa. Pero desde ahí, las consecuencias han sido que sólo se puede pensar que los demás vagamos por una nada inmensa y nada tiene sentido definitivo. Desde ahí, los vacíos existenciales están al día y es que, «la muerte de Dios» no puede certificarla ningún hombre. Demasiado salto para decidir tal cosa.

Las fiestas de estos días son espacios de esperanza. Con esta virtud, no con disfraces, se puede vivir la vida, se puede aceptar la muerte y se puede creer que la una y la otra tienen sentido porque son como el preludio de la gran sinfonía de la salvación.

23 de octubre de 2015

No es posible entender la gran pintura renacentista, si no se conoce la historia de José, María, y su hijo, Jesús. Alguien que visite un gran museo, no sabrá qué está contemplando delante de un San Sebastián: ¿se trata de un «cow-boy» acribillado de flechas indias? Para comprender un Magnificat de Bach, o un Te Deum, hay que saber qué es y en qué consiste la misa...» Esta frase no la acaba de pronunciar el portavoz de la Conferencia Episcopal Española tras conocer el programa electoral del PSOE, que propugna la exclusión total de la religión del sistema de enseñanza. La cita procede del informe elaborado por Regis Debray, ministro socialista, militante de izquierdas, en defensa de la introducción en las aulas francesas del estudio del ‘hecho religioso’. Debray argumentaba que esta materia sería prolongación de las enseñanzas fundamentales. Y lo mismo parecen pensar todos los países europeos que, a excepción de Francia, introducen en sus aulas la asignatura de religión. La lista va desde el Reino Unido a Alemania, pasando por Italia y por Dinamarca, citada como ejemplo de política educativa. Que el PSOE pretenda ahora implantar este severo laicismo choca con la normalidad con que la mayoría de la sociedad española vive los valores básicos de la tradición católica y con el interés cada vez mayor por la búsqueda de un sentido espiritual de la vida. No es necesario, aunque es un argumento de peso, referirse al cumplimiento de los acuerdos Iglesia-Estado para defender un currículo escolar que sea integrador más que reduccionista. Esta propuesta socialista, que rompería, de consumarse, la voluntad pactista y respetuosa del PSOE en este sentido, coincide con el golpe asestado a los estudios de Filosofía en la Lomce aprobada por el PP. Desde dos puntos de vista ideológicos bien distintos, el resultado es que se camina hacia una enseñanza que estrecha, hasta casi destruirlo, el espacio para el pensamiento y la reflexión sobre las preguntas básicas sobre el sentido de la vida. Un sistema educativo que arrincona estas enseñanzas fundamentales, sacrificándolas en aras de un supuesto pragmatismo, no puede ser perdurable ni tampoco eficaz. De hecho, los cambios sucesivos en los sistemas de enseñanza, la búsqueda desesperada de adaptarlo a las necesidades de un mercado siempre cambiante, no han conseguido que España deje de presentar unas tasas muy preocupantes de abandono escolar, ni que suba a puestos presentables en las listas internacionales. Arrinconar las humanidades o recurrir a golpes de efecto utilizando la religión como arma arrojadiza no es el camino para mejorar la calidad de la enseñanza ni para formar mejores personas.

 

16 de octubre de 2015

No podemos dejar de lado los problemas y sinsabores del mundo. La indiferencia no es humana, aunque se practique y mucho. Lo humano es el amor y más si, como debe ser, es gratuito y sin querer más recompensa que poder amar. Pensando en esto nos alegra darnos cuenta de que hay un aprecio generalizado en la sociedad por el trabajo humanitario y evangelizador de los misioneros y misioneras. Su amor generoso es el contrapunto al gran pecado de la indiferencia y su testimonio, en palabras y en hechos, es reconocido hasta por quienes valoran menos el quehacer de la Iglesia. Pero los misioneros no son «otra Iglesia». Están al servicio de iglesias y comunidades ayudándoles a vivir el mismo Evangelio que anuncia la Iglesia.

El día del DOMUND, Domingo Mundial de la propagación de la fe, es reconocido y querido por la sociedad española y se valora en muchos países del mundo. Su historia es larga, ya que se inició en 1926, siendo Papa Pío XI y desde entonces ha cruzado todas las fronteras. Ahora se celebra en más de 130 países y en España nació el mismo año de su institución y hay que recordar al sacerdote Ángel Sagarmínaga, alma eficaz en aquellos primeros tiempos de todo lo que fuera misión y misionero.

El DOMUND de este año tiene un mensaje que nos anuncia y prepara ya lo que el Papa quiere empezar el día 8 de diciembre en toda la Iglesia. Quiere poner a toda la Iglesia en clave de misericordia, a partir de la emoción que se experimenta al comprender y sentir la misericordia de Dios, y el lema misionero de este año es «Misioneros de la misericordia». Los misioneros son creadores de misericordia. Acompañar y atender a una persona es muy simple y muy sublime. Y de ninguna manera se puede hacer sin misericordia. Todos tenemos capacidad de amar y el Papa nos pide que seamos capaces de sacar esa energía que llevamos en el corazón. Los misioneros y misioneras lo hacen. Y no es, para ellos, tan importante lo que hacen sino por quién lo hacen. Detrás de su vida hay un quién humano y un quién divino. Eso es todo.  Y el día del DOMUND, y más días, nos piden que les ayudemos con oraciones y con dinero. Pues lo dicho: contra indiferencia, amor.

 

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