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Opinión Editorial

27 de mayo de 2016

A veces perdemos la perspectiva y no percibimos en su justa medida la grandeza de las pequeñas acciones. En Castejón del Puente, en una escuela rural a la que asisten siete niños, la Asociación de Padres de Alumnos, las familias, la tutora, el Ayuntamiento, vecinos y empresas se han puesto de acuerdo para levantar una delicia de aula al aire libre, barata, construida con palés reciclados, proyectada de forma participativa y con planes de futuro. Una buena iniciativa, desinteresada, que no cambiará el curso de la Historia, pero quizá sí, quizá en algo, el de las pequeñas vivencias que se entretejen y, al final, nos dejan otra historia, esa que comienza con minúsculas.

Resulta arriesgado, en plena hipertrofia de mayúsculas, dedicar tiempo y esfuerzo a tareas sencillas, a esas acciones y proyectos buenos, pero pequeños, que no transcienden mucho más allá del ámbito de sus actores. La grandilocuencia nos puede y nos estamos acostumbrando a hablar de Proyectos de Construcción de una Mesa de Cuatro Patas en el Medio Rural, a recibir un Programa de Actos de las Fiestas de Mi Pueblo o a decir que hoy es Viernes, 27 de Mayo, como si una letra grandísima le diera a esta fecha categoría de fiesta nacional.

Mirando a través, en el medio de esa maraña de hipérboles, aparecen los vecinos orgullosos de su pequeño pueblo, los profesores cuya inventiva desafía los vaivenes educativos, el paseante que arranca malas hierbas en las cunetas olvidadas, el que lleva un kilo de arroz o dona un euro, el comerciante que barre la fachada de su establecimiento, el voluntario que acompaña a enfermos, la asociación que reúne fondos para necesidades ajenas, todos los presidentes y juntas de entidades que ofrecen su tiempo y trabajo... Y las suyas, que sí son grandes historias, las escribimos con minúsculas.

 

 

20 de mayo de 2016

Ha desembarcado Mª Ángeles Naval en la coordinación del certamen literario que organiza el Ayuntamiento, henchida de orgullo como barbastrense y generosa en agradecimientos para los autores que han concurrido a las convocatorias, los jurados que leen y deciden y, sobre todo, para la ciudad de Barbastro. Sin ella, dijo en la entrega de premios, sin los profesores, sin los alumnos, sin los vecinos, no se comprendería que estos premios estén a punto de llegar al medio siglo de vida, un recorrido no exento de dificultades y reinvenciones.

Nacieron los premios, primero el de Poesía y luego el de Novela, a finales de los años sesenta del siglo pasado, como nacieron en muchas otras localidades, amparados en la nuestra por un grupo de vecinos con inquietud y empuje intelectual y arropados por una ciudadanía que acudía en pleno a escuchar el solemne fallo de los jurados. Otros premios, en otros lugares, desaparecieron por falta de apoyo institucional, social o vaivenes editoriales;?persistieron los barbastrenses, titubeando en ocasiones, pero sumando nuevas convocatorias periodísticas, de investigación, en aragonés o escolares, y asegurando su solidez, independencia y reconocimiento.

Nada de eso ocurrió por casualidad. A lo largo de casi 50 años, la larga lista de concejales de Cultura, responsables de los premios, jurados, autores, premiados, finalistas, libreros o lectores han contribuido a moldear lo que los premios son hoy. Algunos, incluso injustamente olvidados, apostaron por rejuvenecerlos y hacerlos entrar en las aulas, incluyendo las obras ganadoras en las actividades escolares. Otros se atrevieron a introducir novedades, alguna más afortunada que otra. Pero todos, cada uno en su medida, han ido sumando. Lo decía uno de sus principales promotores, José Ollé, con motivo del treinta aniversario del Premio de Novela Corta: «Algunos premios literarios no definen a la ciudad, pero el nuestro sí. Ha pasado muchas vicisitudes, todos han luchado para conservarlo y merecen más aplausos que quienes lo iniciamos».

 

13 de mayo de 2016

En los tiempos que corren, sobrados de individuos dispuestos a colgarse medallas por los méritos propios e incluso los ajenos, da gusto encontrarse con una celebración como la que los implicados en nuestra Semana Santa han hecho esta semana. Al siglo XVII remontaron los agradecimientos, a aquellos que marcaron un hito de arte y fe a comienzos de siglo y a los que de las cenizas supieron reconstruir la que hoy es única Semana Santa oscense cuyo interés turístico nacional está oficialmente reconocido. A la participación, creencia, corazón y voluntad, sobre todo a la voluntad, atribuyen la consecución de un objetivo para el que unos han manejado el timón, otros han remado, algunos han arriado las velas y muchos han animado la travesía con lo que buenamente han podido.

La Iglesia, dijo el Obispo en el acto de presentación oficial de este título honorífico,  es un bien ecológico para todos, que genera cultura, arte, relación, valores… Los genera aquí mismo, en Barbastro, donde una expresión de fe como es la representación de la Pasión y Muerte de Cristo se ha convertido en un atractivo singular, el más representativo de una ciudad donde el turismo religioso está llamado a ser una de sus líneas definitorias, a pesar de los titubeos iniciales. El efecto que pueda tener en la ciudad, en sus empresas y servicios, no impiden ni ha de condicionar el respeto y devoción con los que se siguen las procesiones y manifestaciones religiosas, desde la necesaria consideración a todas las creencias.

La Junta Coordinadora de Cofradías, los cofrades y todos los que han ido sumando demuestran que los proyectos que hacen ciudad consiguen concitar voluntades y marcar un único destino. Después, cada uno tiene que andar su camino pero, como también recogió nuestro obispo, solos quizá se vaya más deprisa, pero juntos se llega más lejos.

 

6 de mayo de 2016

Si nuestros representantes políticos fueran empleados de una empresa privada y se les valorara de acuerdo con su capacidad para cumplir el trabajo encomendado, a estas alturas estarían todos despedidos. En el periodo de tiempo que ha mediado desde el 20 de diciembre hasta hoy, hemos asistido a un lamentabilísimo espectáculo en el que nuestra clase política, la casta que hoy ya son todos, se ha retratado. Y de qué manera.

A nuestros políticos, a estos políticos, los intereses generales de los españoles les importan más bien poco. En este paréntesis de seis meses en el que estamos, con la meta volante del 26 de junio, en Eu- ropa y en el mundo se están produciendo una serie de acontecimientos ante los que nuestro país vive de espaldas, entretenido en rifi rafes de patio de colegio en el que lo único que quieren amarrar es cómo sacar el máximo provecho para sus siglas. El objetivo es gobernar, no cómo hacerlo; sólo el poder, como recompensa al tweet más ingenioso, la foto oportuna o el mensaje corto, pendientes de las encuestas del mismo modo que la telebasura lo está de las audiencias.

La clase política se queja y mucho de la consideración que sobre ellos tienen los ciudadanos, que según el Barómetro de marzo del CIS, los considera el cuarto problema de nuestro país, por detrás del paro, la corrupción y el fraude, y la situación económica. Si reparamos en que los tres primeros están íntimamente vinculados a la gestión política y que casi el 80 por ciento de los españoles considera que la situación resultante es mala o muy mala, habría que ir enseñándoles a todos sus responsables donde está la puerta de salida.

Así tendrían la ocasión, como ellos mismos plantean para los que están desempleados, de poder formarse y reciclarse. Asistiendo, por ejemplo, a unas clases de urbanidad y cortesía. Con ese mínimo, que les permitiría saludarse cuando se vieran, tendrían herramientas para iniciar un nuevo recorrido vital, en el que hacer un hueco para el estudio de la historia española, a ver si así la conocen un poquito más, la empiezan a respetar y se ponen a su servicio. Al que deben estar. Cumpliendo con el trabajo para el que, además, se han ofrecido.

 

29 de abril de 2016

Desde mucho antes de su apertura, en el año 1984, las polémicas han acompañado al Hospital de Barbastro, ligadas casi siempre a una sombra de trato discriminatorio a los pacientes que de él de- penden y que, en determinadas situaciones, no se libran de tener que acudir a San Jorge o, con más lógica, a centros de Zaragoza con otras carteras de servicio. A casi todas las fuerzas políticas que hoy se sientan en el Ayuntamiento de Barbastro les ha ido bien, como munición política, cuando han gobernado y cuando no, pero coincidiendo todos en la incapacidad para resolver esos enigmas que no acertamos en comprender.

En gobierno regional de Marcelino Iglesias invirtió casi 25 millones de euros en la ampliación y mejora de las instalaciones, con la trabajosa apertura de la UCI, que llevó aparejada una sorprendente reducción de camas, que pasaron de 167 a 152, por el misterioso cierre del ala izquierda de la cuarta planta. Hace dos años, Izquierda Unida recogió 350 firmas ciudadanas para exigir al consejero del ramo la reapertura de ese espacio, que también demandaba Chunta. Hace dos meses, denunciaba Cambiar Barbastro que en momentos de colapso asistencial, compartían habitación un paciente terminal y una madre recién parida, mientras el ala destinada a enfermos de media estancia servía de almacén. Y el consejero esgrimió porcentajes y estancias medias, en una cuenta tramposa que lo que viene a decir es, precisamente, que no les sale a cuenta porque nos hospitalizan poco y les sobra ese espacio.

Todo lo contrario a lo que ocurre con el Centro de Salud, que ya no solo adolece de una falta de metros que hace casi una década obligó a trasladar servicios y a pagar un alquiler, sino que en estos momentos sufre de humedades. El propio edificio constriñe una hipotética mejora de la cartera sanitaria, dado que resulta imposible ubicar en él una sola consulta más, sin romperle las costuras. La ampliación, que dicen que están estudiando, no llegará a corto ni quizá a medio plazo, por aquello de que las necesidades son muchas, los fondos escasos y aquí tampoco salen las cuentas.

 

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