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Opinión Editorial

16 de septiembre de 2016

Y se puede hacer poesía aun en la oscuridad. Y se pueden hacer dibujos en el aire cuando no se tiene ni lienzo ni paleta. Y se puede esperar mientras las cosas se derrumban. Y se puede plantar un árbol aunque no llegue un nuevo amanecer. Y cantar se puede, como hacen los pájaros cada mañana, porque si no, como decía aquella emotiva canción, se morirían. Cantar se puede, y con convencimiento, al empezar un nuevo curso y disponernos a llevar adelante el empeño de hacernos mejores, y hacer un mundo mejor. ¿Que no está el ambiente para muchas alegrías?  Razón de más, como suele decirse, para plantarle al mal tiempo buena cara.

Empezar un curso, como todo empezar, es una aventura. Los tiempos que vivimos dejan su impacto en el alma de cualquiera, cada uno sabe cómo le impactan, y los medios de comunicación se encargan de decirnos cómo están las cosas. Pero hay meta si hay camino aunque es condición indispensable perseverar en el camino emprendido. En sentido amplio la perseverancia se refiere a la continuación de un esfuerzo hasta lograr un fin y acabar lo que se empieza. Con desánimo no se persevera. Al empezar una nueva etapa hay que mentalizarse para perseverar. Y aunque pueda ser verdad que la perseverancia no garantiza los éxitos, es verdad segura que sin perseverancia no es posible ningún triunfo.

Al empezar este curso nos estimula recordar la reciente «Almendra de oro», concedida este año por nuestro semanario al médico e investigador Jesús Mora, paisano y con historia familiar conocida por muchos y muy relacionada con El Cruzado Aragonés, que demostró en ese acto, con sus palabras y con su trayectoria vital, que se puede ser capaz de pulir la realidad, aunque sea tan dura como lo es una enfermedad hoy incurable, cuando hay entrega, dedicación, servicio y amor a los demás. El esfuerzo cuesta, permanecer en el compromiso supone sacrificios muchas veces anónimos, pero presentir que la meta se ve y que alguien se beneficia de nuestro trabajo es paga suficiente. Lo que de verdad vale la pena es hacer algo por los demás. Y hacer el bien no necesita de banderas ni proclamas. Necesita atreverse a cantar cuando se empieza cualquier obra, ahora un curso. Deseamos que sea un curso en el que podamos hacer algo mejor la vida y la convivencia entre todos. 

 

26 de agosto de 2016

Qué es el patrimonio? ¿Qué debería tener un edificio, un entorno natural, una obra de arte de cualquier tipo, para que la consideremos un bien común? Existe un acuerdo tácito y general sobre lo oportuno y necesario de conservar nuestro patrimonio, pero vistas las conductas que contemplamos o no tenemos claro qué es lo que hay que preservar o, para variar, esperamos que la responsabilidad siempre sea de otros.

Un paseo por nuestra ciudad nos deja una imagen de suciedad y abandono que no puede atribuirse de forma exclusiva a los servicios de limpieza que limpian, claro está, lo que les dicen que deben hacer, con los medios y tiempos que se les asigna. Pero limpian, también está claro, la sonrojante suciedad de los demás, que deja parques infantiles llenos de envases y papeles en el suelo, vasos y cristales como huella nocturna, colillas en maceteros, orines en las fachadas de los comercios o, directamente, basura arrojada al cauce del río. ¿No son las calles, edificios o accidentes naturales patrimonio? ¿O solo lo son las piedras antiguas?

La limpieza es la primera atención que merece nuestro entorno si es que realmente lo queremos preservar;?la segunda es la de prestar atención a lo que tenemos tan cerca y nos pasa a menudo inadvertido:?restos de sillares, arcos semiescondidos, un árbol centenario, una leyenda que abocaremos a la desaparición. Antes de que se nos llene la boca con otras demandas grandilocuentes, haríamos bien en promover un pacto social que contemplara el compromiso individual con esas pequeñas acciones, tan necesarias, para eso que se llama crecimiento sostenible. Ese pacto social demandaría, además, el compromiso de las administraciones con la correcta dotación presupuestaria, así como de medios humanos y materiales, tanto para labores básicas de limpieza y preservación, como para otras que, a largo plazo, aseguren la pervivencia de aquello que decidamos que, efectivamente, es nuestro patrimonio.

 

 

19 de agosto de 2016

La historia anterior, la que nos antecede, nos viene sin nuestra voluntad y tenemos que construir la historia presente con los mimbres del pasado. Y es necesario conocer la historia si queremos, o mejorarla siguiendo su construcción o, a veces tiene que ser así, reconstruirla corrigiendo errores o desviaciones.

Nuestra ciudad de Barbastro tiene una larga historia, fundada ya sobre asentamiento romano, y ha conocido a través de los siglos avatares diversos de fundaciones y refundaciones y no exentas de guerras, perdidas y ganadas, con un número alto e influyente de personajes históricos, –militares, culturales y religiosos–, que han ido configurando nuestra historia hasta nuestros días. Significamos ahora los recientes actos que, por tercer año consecutivo, han recreado los esponsales de doña Petronila, hija de Ramiro II el Monje, casada con Ramón Berenguer IV, y reina de Aragón. Con todo esto nació la Corona de Aragón. «Barbastro, Cuna y Corona» lleva por título esta recreación y nos parece un acierto llevarla a cabo, recrear la historia, y animar así al compromiso de seguir haciendo historia tratando de dejarla mejor para las generaciones venideras.

Años después de estos acontecimientos, y durante el siglo XVI, Barbastro vive una época de progreso y en ese siglo se construyeron numerosos edificios públicos como la Catedral, el Palacio Episcopal, la Casa Consistorial o el hospital de San Julián, y  grandes casas solariegas que son ejemplos de la arquitectura civil del renacimiento aragonés.

Recordar la historia, sí, y mejorarla entre todos. Recordar la historia no es volver a querer hacer un restauracionismo nostálgico, eso sería no avanzar, sino que es hacer memoria para mirar más lúcidamente el futuro y poder encararlo con experiencia y sabiduría, ambas cosas son necesarias para llevar adelante cualquier avance, personal o social. No es el color sepia nostálgico, sino el verde esperanza, el que debe armonizar el presente. Para el pasado positivo hay que tener agradecimiento. Y para el futuro, desde un lúcido presente, audacia y compromiso responsable. Y los campos en los que hay que trabajar son los mismos de siempre, –cultura, economía, educación, trasmisión de la fe cristiana, comunicación o política–, pero teniendo muy en cuenta que en este complejo siglo XXI las cosas son muy diferentes de como eran antes. Nos hacen falta, como decíamos, experiencia y sabiduría, las dos cosas. 

 

12 de agosto de 2016

Vivimos un agosto extraño, por aquello de que es el mes vacacional por excelencia, con la persiana bajada en muchas empresas y en los parlamentos, regionales y nacional. Pero, por aquello de que aún no hay gobierno –un aún que va camino de durar un año–, parece que algunos no tengan claro si optar entre la playa o la montaña. Una decisión clásica, que provoca no pocas discusiones y renuncias, y que en ocasiones dirige el viaje a una costa con acantilados a una montaña con río o buenas piscinas. O, a lo peor, a quedarse sin vacaciones. Porque elegir, al mismo tiempo, supone renunciar, esperando que la opción preferida será también la mejor pero sin la garantía suficiente para no asegurar el error.

En estas parecen hallarse estos políticos que nos hemos dado o nos han venido, imagen fija de un país que quizá seamos, lo merezcamos o no. Tienen el coche preparado, dispuestos a salir de vacaciones, y ya han elegido destino, el suyo, claro está; tienen el maletero lleno, con el flotador y las botas de montaña porque no están dispuestos a renunciar a nada, ni siquiera a dejar de comportarse como una cuadrilla de adolescentes que juegan al «ahora no te ajunto», faltos de principios básicos de la democracia como el respeto a la voluntad de la mayoría, la convivencia social, la participación ciudadana o el diálogo.

El ejercicio de irresponsabilidad colectiva que están perpetrando todos ellos nos pasará factura como sociedad que carece de mecanismos y, lo que es peor, de valores con fuerza suficiente para obligar a nuestros representantes a ponerse de acuerdo para gobernar en horas o días después de unas elecciones. Para ello se presentaron, del primero al último, y esa es su obligación, ejercer o controlar la acción del gobierno. Y lo que no sea eso, hacer lo que ya hemos votado dos veces, también se llama corrupción, porque las dudas, las demoras y los remilgos se los estamos pagando, indemnizando a sus señorías por el fracaso del sistema que, y a lo mejor entonces por fin protestamos, repercutirá de forma muy negativa y directa en nuestros bolsillos.

 

22 de julio de 2016

El mundo de ayer no es el de hoy ni el de hoy será el de mañana. Los cambios se suceden a tal velocidad que su análisis llega cuando es ya es tarde, y apenas sirve para constatar que o estamos todos locos o a ver quién se atreve a explicar lo que está pasando. Nos desangramos en Siria, en Niza, en Turquía o en Congo, y aquí al lado, en un barrio de Zaragoza y en Bilbao. Mata la guerra, matan los hombres que acaso las disfrutan y las necesitan, con coartadas políticas, religiosas, sociales o sexuales, que sabemos que no son más que luchas de poder, sean entre países, entre culturas o entre hombres y mujeres.

El nulo respeto por la vida humana domina este mundo que gira sin control, que nos horroriza y nos anestesia a partes iguales. La crisis, repiten los expertos a los oídos sordos y los ojos cerrados, es de valores. Resultaría más cómodo que no fuera así, que las responsabilidades se socializaran.

Nos solidarizamos con los otros, en las redes sociales, donde lucimos banderas y frases hechas que consiguen muchos me gusta y aliviar conciencias. Indignados con el sistema, enumeramos todo lo que hay que cambiar y cómo hacerlo, generalmente a cientos o a miles de kilómetros de distancia, porque nuestra moral, léase la ironía, siempre es superior en la asepsia. Señalamos a los políticos, envidiando las mismas prebendas que criticamos, pidiéndoles que sean ejemplares, aunque nosotros robemos los azucarillos en el bar. Juzgamos, sentenciamos con el mando de la tele en la mano, el aire acondicionado a pleno rendimiento, y la ventana cerrada, no sea que el mundo nos obligue a arremangarnos e intervenir, a tomar partido y exponernos.

El mundo ya es diferente al de hace un minuto; nunca es igual, por mucho que su giro nos parezca ajeno en lo malo y afín en lo bueno. Lo hacemos todos, juntos, con nuestras miserias y alegrías.

 

 

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