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Opinión Editorial

26 de noviembre de 2010

Por contradictorio que nos parezca, estos tiempos difíciles que nos toca vivir traen también algún aliento prometedor. La du-eza de las restricciones económicas que nos esperan, han relegado al baúl de los recuerdos la cantinela del «todo gratis», al que los años de abundancia nos habían acostumbrado. Eso obliga a redefinir forzosamente las difusas fronteras entre lo privado y lo público, ensanchando unas y recortando otras.
La cultura, que también ha gozado, en mayor o menor medida, de las subvenciones con cargo al erario público, está obligada a reinventarse de forma positiva y urgente. La abundancia de medios ha podido resultar nociva en orden a suscitar la participación y la creatividad. Por eso queremos romper una lanza en favor de una posible iniciativa, que en otras latitudes de nuestra Unión Europea es costumbre adquirida.
Pronto será inaugurada la nueva sede del Museo Diocesano, una obra emblemática para nuestra ciudad y necesaria para un digno acomodo de una gran parte de nuestro legado artístico, cultural y religioso. Este gozoso acontecimiento viene acompañado de algunas incógnitas que conviene despejar. La exposición y cuidado de esa importante colección tendrá un coste económico elevado, que difícilmente podrá ser soportado por la propiedad, lo cual es una llamada a la colaboración de la ciudadanía. La sociedad civil de nuestra ciudad ha de sentirse concernida por una empresa como ésta, que tiene como objeto principal la formación, la cultura y la difusión de nuestra historia y la belleza a través del arte. La fórmula de una asociación de Amigos del Museo Diocesano sería una iniciativa enriquecedora y eficaz al mismo tiempo. Con sus cuotas podría aportar algunos medios económicos, tan necesarios, y, sobre todo, colaboraciones personales para organizar el cuidado de la colección y las visitas guiadas.
Se trata de una aportación personal, que en absoluto resultaría modesta, si lograra concitar el suficiente número de socios con los que afrontar, con creatividad algunos de los imprescindibles servicios para que nuestro flamante Museo Diocesano pueda mantener abiertas sus puertas con dignidad. No existe duda alguna sobre la importancia de que estas formas de colaboración, que modifican positivamente nuestra actitud vital ante las cosas y nos convierte en actores de una existencia más trascendente.

19 de noviembre de 2010

El domingo pasado se elebró el Día de la Iglesia Diocesana. En nuestro semanario publicamos datos, cifras y el quehacer de tantas personas que están detrás de todos los servicios de la diócesis. Este Día de la Iglesia diocesana tiene como objetivo conocer las actividades de la diócesis y reavivar la conciencia de los fieles para que se den cuenta de que la vida y misión de la Iglesia es asunto y responsabilidad de todos. La Iglesia universal se concreta en cada diócesis y los fieles han de reflexionar y revisar su compromiso y sus obligaciones a través de su implicación, si es posible, en el trabajo de su parroquia, comunidad o grupo apostólico. Y es necesaria también, ahora que la Iglesia depende económicamente sólo de sí misma y de sus fieles, la generosa colaboración económica de todos para poder llevar adelante sus programas de evangelización.
Nos alegra pensar que, en medio de tantas informaciones que quieren negarle a la Iglesia su verdadera esencia de caridad y servicio, son cada vez más conocidas y apreciadas las obras que hace la Iglesia en puro beneficio de los demás. Nuestra propia Iglesia diocesana ha dado a conocer estos días lo que hace entre nosotros. Quiere, en primer lugar, anunciar el Evangelio que orienta la vida de cada persona hacia su verdadera plenitud de salvación y, además y como signo de que el amor de Dios se concreta en el amor a los hermanos, tiene una larga lista de servicios sociales y humanos que llegan a donde nadie llega. Las puertas de la Iglesia están abiertas a todos porque vive del Evangelio, abierto a todos.
Nuestra Iglesia diocesana, a través de sus parroquias e instituciones, está presente en los acontecimientos más importantes de nuestra vida acompañando a personas y a familias. Aporta a la sociedad valores permanentes que ayudan a crecer como personas y desde esos valores es más posible mejorar la convivencia, las costumbres y la defensa de los derechos humanos. También ayuda a los más necesitados de nuestra sociedad y a través de sus propias delegaciones de Cáritas ayudó este año pasado a más de cinco mil personas en sus necesidades básicas. Nuestra Iglesia diocesana también está presente en la cultura, la enseñanza y la educación y aporta medios y personas para encauzar de manera adecuada la formación de las nuevas generaciones. Y cuida igualmente del patrimonio cultural y artístico que nació sobre todo de la vivencia de la fe entre nosotros. Creemos que sirve a toda la sociedad.

12 de noviembre de 2010

Si tuviéramos que definir en pocas palabras la concentración del pasado domingo en Zaragoza estas tres serían suficientes. Dignidad, porque define a las personas que saben comportarse con gravedad y decoro. Sin duda alguna, los convocantes y los muchísimos participantes –dejando de lado las diferencias políticas– supieron lanzar un mensaje, lleno de sencillez, claridad y verdad. Pocas veces hemos visto asistencia tan espontánea y  gente tan digna y convencida de sus razones en un acto público.
Prudencia, porque la verdad habla en voz baja y porque esta virtud cardinal sirve para discernir y distinguir el buen camino del malo y así poder seguirlo o huir de el. Los miles de asistentes clamaban serenamente sus razones a la vez que con una vehemencia templada les indicaban a nuestros gobernantes el camino de la determinación. Y pudor,  porque en ese día todo se hizo con honestidad, modestia y recato. Fue ante todo un ejemplo de que la sociedad civil existe, que tiene iniciativa y que cuando se le habla claro y al corazón, responde y vaya si responde.
Es lógico que todo esto a los servidores de esa máquina artificiosa, solo construida para acumular el poder y mantenerlo, les pillara a traspié y desconcertados tuvieran que correr a buscar un protagonismo que no tenían. A suplicar y sujetar, como fuera, un trocito de pancarta y de paso poder salir en la foto. Pero se notaba, y sentimos decirlo, que muchos estaban a regañadientes, que había mucha sonrisa forzada, porque otros se habían adelantado y entre otras cosas sin quererlo les habían hurtado ese protagonismo al que están mal acostumbrados. Fue un día memorable, bajo un cierzo hostil, se volvieron a repetir la solidez de nuestras razones, el tamaño de nuestros agravios y lo inquebrantable de nuestra paciencia, brotando todo de la nobleza de nuestros corazones.
Y como contrapunto absurdo a esta jornada de fraternidad algunas ausencias clamorosas como la de Marcelino Iglesias y su delfín Eva Almunia, que desde que ha tenido que acudir a tapar agujeros en el partido, con su conducta está dejando a Aragón en una situación de acefalía. El camino se ha marcado con claridad, ahora los políticos quedan obligados a seguirlo con diligencia y sin ambages.



5 de noviembre de 2010

El concepto de Seguridad Ciudadana aparece frecuentemente como una de las de las causas principales de preocupación para la opinión pública. Es más, en cualquier sociedad moderna, como la nuestra, se ha llegado a convertir –a nuestro parecer, erróneamente– en un sinónimo de calidad de vida para una gran parte de los ciudadanos. Los propios medios de comunicación le dedicamos gran atención a formar conciencia de su importancia y señalando la necesidad de abordarlo de una forma integral.
Un sistema social que pretenda desarrollarse en armonía y equilibrio debe tener claro que éste concepto de Seguridad Ciudadana  tiene siempre un doble proyección política y socieconómica. Es necesaria una acción enérgica de los cuerpos de seguridad pero no es suficiente en si misma. La sociedad debe generar al mismo tiempo mecanismos de integración y cohesión social y económica al alcance de todos sus miembros si se quiere lograr una verdadera y duradera paz pública.
En su obra La Democracia en América, Alexis de Tocqueville señalaba premonitoriamente en el siglo XIX que «el amor a la tranquilidad pública, es frecuentemente la única pasión que conservan los pueblos y ésta se va haciendo más activa y poderosa a medida que las demás se debilitan y mueren». Por eso no podemos conformarnos con pedir únicamente eficacia policial, la policía es sólo un primer eslabón en la larga cadena de la seguridad. Debemos pedir a un mismo tiempo una profunda y prioritaria acción social de nuestro gobernantes que la acompañe y la favorezca.
Nuestra ciudad sufre un incremento de los delitos contra la propiedad, que contrasta curiosamente con el reciente incremento de la plantilla de la policía local, y que ha creado un malestar social del que nos hemos hecho eco en nuestro semanario. Pero nos parece importante señalar que junto a este concepto limitado e impuesto de seguridad, la sociedad debe generar en su interior los mecanismos necesarios para su perfeccionamiento a través de la solidaridad, la integración la igualdad y la acción social, que vayan convirtiendo en excecionales las manifestaciones delictivas de sus miembros más marginales.

29 de octubre de 2010

El encuentro que el pasado miércoles mantuvieron en la sede de la Nunciatura Apostólica los titulares de los Obispados de Barbastro-Monzón y Lérida ha estado acompañado por una alta tensión mediática, prueba de la pasión con que la sociedad vive el llamado litigio de los bienes. Cuando las expectativas son intensas, los resultados casi siempre parecen menguados, y en este caso alguien podría pensar que hemos asistido al consabido «parto de los montes».

Sin embargo, no ha de ser minusvalorada la ratificación del «Acuerdo de 30 de junio de 2008», que ha constituido el objeto principal de este encuentro. En los últimos meses, los medios de comunicación difundieron mensajes con sede en el Obispado ilerdense, que ninguneaban la importancia de declarar con nitidez la propiedad de esas piezas artísticas, abogando a favor de una imprecisa y extemporánea propuesta de compartirlas, no se sabe bien de qué manera. Por eso es im-portante que se haya afirmado de nuevo que la propiedad de esos bienes corresponde a las parroquias transferidas a la diócesis de Barbastro-Monzón, según el Derecho de la Iglesia, único aplicable en este litigio, como han reconocido explícita e implícitamente las sentencias de los tribunales civiles a los que ha sido abocado indebidamente.

También ha sido útil la escenificación del compromiso de las instituciones eclesiásticas implicadas para trabajar en orden a que se remuevan los obstáculos que la Administración catalana viene sembrando en el camino de la restitución de esos bienes. Prueba de que algo se mueve es la nota pública del Obispado de Lérida, en la misma fecha del encuentro en Nunciatura, por la que sabemos que se aparta del recurso contra la sentencia de la juez que falló en contra de las pretensiones de los Amigos del Museo.

La pelota, por lo tanto, vuelve a estar en manos de los políticos. Pero mucho nos tememos que aún quede un trecho nada fácil de esta complicada escalada, en la que llevamos empeñados ya va para quince años. A pesar de todo, hemos dado, con firmeza y seguridad, un paso más en la ascensión.

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