Banner

Opinión Editorial

5 de enero de 2011

Este año, además de algo triste, estoy hecho un lío: para empezar, no sé si poner vuestro nombre en la carta con mayúsculas o minúsculas. Para colmo mis amigos me dicen que en vuestros camellos tenéis conexión wifi, que os mande un e-mail, o que me comunique con vosotros a través de una red social. Para resolver lo primero os pido, y será lo único para mí, una nueva Gramática. En cuanto a lo segundo, seguiré como siempre con pluma y papel, echando mi carta debidamente franqueada al buzón, no vaya a ser que por las ondas mis peticiones no lleguen a ninguna parte.
Como solo venís una vez al año, necesito poneros al día en algunas cosas (así las llamo yo eufemísticamente, algunos inquietos las llaman  obscenidades). Al grito de ¡pensiones máximas para nosotros y pensiones mínimas para los demás!, después de haber congelado nuestras pensiones para este año, nuestros diputados y senadores con una rara unanimidad que no consiguen alcanzar en otros temas han convenido sus pensiones. Con once años de mandato cobrarán la pensión máxima 2.232,54 euros; con más de siete años de mandato, el 80%; y con más de 10, el 90%. Para el resto de los mortales, de momento 35 años y ya veremos más adelante. Renuncio a más ejemplos, como el de los exgobernantes fracasados en las urnas con pensiones de más de 100.000 euros al año para que puedan adaptarse a su nueva vida, porque me avergüenza simplemente tener que  decíroslo.
Así que comprenderéis que lo primero que de verdad debo pediros son nuevos políticos que vuelvan a mirar por el Bien común antes que por sus propios intereses. Que abandonen tanto gasto inútil, tanto enchufe y tanta endogamia, que vuelva para quedarse definitivamente la honradez, el mérito y la austeridad. Enseñadles con vuestra regia sabiduría dónde pueden recortar, sin tocar a los más débiles, yo por desgracia solo tengo un voto.
Vienen, según nos anuncian, tiempos duros y como imagino que son muchas las necesidades a las que sin duda tendréis que subvenir no voy a pediros nada más. Os esperaré con la ilusión de siempre  y como sé que sois justos, daréis a cada uno lo que más le convenga. En el balcón, como siempre, encontraréis alimento para vosotros y vuestras cabalgaduras. Buen viaje y feliz regreso a Oriente.

31 de diciembre de 2010

La simpática imagen de una mofletuda zagala soplando las veinte velitas de la tarta de cumpleaños describe mejor que mil palabras el acierto de aquella feria de la participación y el asociacionismo que se llamó Zagalandia. Los que eran niños, y por ello beneficiarios, cuando esta iniciativa vio la primera luz, están a un paso de convertirse, si es que aún no lo son, en adultos responsables de una familia, de una actividad profesional y de la vida ciudadana; y algo de su desarrollo personal deben a Zagalandia.
A tal cumpleaños, pues, bien le cuadra algún subrayado. Como constatar que lo que empezó siendo una iniciativa animada por una entusiasta floración de asociaciones juveniles está sostenido actualmente por un grupo de voluntarios, sin duda apreciable pero con pocas vinculaciones asociativas. Es éste un fenómeno por lo menos ambiguo. No ponemos en duda el alto valor altruista y solidario que supone el voluntariado; pero duele tener que reconocer que, en estos veinte años, el tejido asociativo, particularmente en el ámbito juvenil, se ha debilitado. Se ha ido perdiendo la paciencia y la constancia que permiten asumir compromisos duraderos y ha proliferado una solidaridad de baja intensidad, hecha de colaboraciones puntuales y poco absorbentes.
Si lo dicho suena demasiado fuerte, convendrá recordar aquella advertencia de alguien tan perspicaz como fue Bertold Bretch: «Hay hombres que luchan un día, y son buenos. Hay otros que luchan un año, y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida; esos son imprescindibles». El mundo necesita a estos últimos para poder subsistir. Desgraciadamente, la dolorosa duda de si va a haber relevos a los que entregar el testigo asalta a la vieja guardia del voluntariado actual, tanto social como eclesial. La actual debilidad del tejido asociativo en todos los ámbitos es un indicador preocupante.
Hay un valor de urgente reivindicación: el agradecimiento a quienes, desde la gratuidad y el voluntariado, han ayudado a otros a desarrollarse como personas responsables y solidarias, teniendo en cuenta que lo que más se agradece es ver que otros se atreven a tomar en sus manos la antorcha antes de que caiga al suelo y se apague por falta de portadores.

24 de diciembre de 2010

La Navidad ya. Y se puede vivir de muchas maneras y con más o con menos esencia. Quizá haya aún desequilibrios en su celebración pero no deja de ser, la Navidad de este año, una Navidad en tiempo de crisis económica, social y de valores que nos dice con claridad que hay muchas necesidades, de muchas clases, que hay que atender. Desde esta realidad habría que potenciar, y no sólo claro está para estos días, una voluntad decidida de compartir. Pensar sólo en lo mío, o en lo nuestro, siempre es signo de poca humanidad y lo es más aún en tiempos de crisis dura cuando ya van siendo muchos, y cercanos, los que no llegan ni para lo necesario. ¿Habrá llegado ya la hora de revisar conductas sociales que separan y no unen? El Concilio Vaticano II dijo bien claro en su Constitución sobre «la Iglesia en el mundo actual» que había que llegar a un nuevo humanismo en el que la persona se definiera esencialmente como tal por su responsabilidad hacia los otros. Hoy, que vivimos de manera tan interrelacionada, estas palabras tienen que ser nuevamente actualizadas.  
La Navidad, en su esencia, es el signo máximo del compartir: eso fue la encarnación de Dios. Tomó carne humana, se hizo como uno de nosotros y compartió la existencia humana totalmente. Creer en esta encarnación es comprometerse con la justicia y apoyar a los más débiles luchando contra las causas que generan pobreza, desigualdad, marginación y soledad. La justicia está en la base de la caridad y no se puede aquietar la conciencia con simples actos de ayuda puntual, quizá necesarios para empezar, pero llamados a tener continuidad haciendo promoción de justicia para hacer así promoción de personas.
La Navidad verdadera hay que enmarcarla dentro de la nueva evangelización que hoy necesita nuestro mundo. El Evangelio es buena noticia, propuesta desde la responsabilidad y la coherencia personal, porque en su entraña lleva a compromisos de promoción humana integral. En el mundo de hoy se manifiestan muchas diferencias, –lingüísticas, culturales, sociales, étnicas y religiosas–, pero no deben ser causa de enfrentamiento sino de mutuo enriquecimiento. Desde la luz del Evangelio no se proyectan fantasmas de luchas entre hermanos sino manos abiertas que tienden a la unidad en el amor. El amor, del que tanto se habla en Navidad, pasa por lo concreto de amar a todos los semejantes sin distinción de clases, colores o doctrinas.
Una Navidad esencial ha de distinguirse, en buena lógica, por esa sobriedad que sabe distinguir entre bienes y gastos necesarios y superfluos. Sabe, como venimos diciendo, compartir. Y así sí que es creíble el anuncio de la esperanza que se proclama en estos días.

17 de diciembre de 2010

La inauguración en esta semana del Museo Diocesano culmina de forma espléndida –como ocurre casi siempre en estos casos– una obra que por encima de todo nos habla de una ingente acumulación de sensibilidad, paciencia y trabajo llevada a buen término por un reducido grupo de personas que a lo largo del espacio y del tiempo han sabido transitar, atentas siempre a la llamada sigilosa y espiritual del arte.
Así, lo que empezó como una modesta recopilación de arte sacro, en la mayoría de las ocasiones para salvarlo de un deterioro irreversible o de su misma desaparición, tras una cuidadosa restauración ha encontrado un acomodo digno que permitirá trasmitir perennemente y en las mejores condiciones el lenguaje inigualable del Arte.
Las autoridades han hecho un gran esfuerzo, que en estos tiempos de dificultad, sin duda, acrecienta su mérito y han dotado a estas obras de arte del marco preciso para que puedan brillar como merecen y sobre todo para que nos hablen de nuestra propia evolución y nuestra historia.
Junto con la brillantez y la solemnidad de estos primeros momentos, se nos imponen también algunos retos ineludibles. El primero es tratar de conseguir el buen fin de la colección con la llegada de las obras injusta e indebidamente retenidas por nuestros vecinos. Con una posición nada belicosa, asida siempre a la razón, al derecho y a la paciencia, el buen sentido tendrá que prevalecer y lo que es legítimamente nuestro nos lo tendrán que devolver.
Por otro lado, en los momentos de estrecheces en que el Museo comienza su andadura por los caminos del arte, será necesaria un clara im- plicación de toda la sociedad civil, para tratar de hacer efectiva su supervivencia en las mejores condiciones.  Y para ello será necesario, que cuanto antes mejor, puedan estructurarse las diversas formas de colaboración.
Nuestro Museo alberga un legado acumulado a los largos de muchos siglos, que estamos moralmente obligados a conservar, acrecentar y trasmitir, con nuestra valoración y nuestro esfuerzo continuado para que estas obras puedan seguir hablando a través de su belleza de nuestra esencia pasada y nuestro devenir futuro.

10 de diciembre de 2010

Las noticias que nos llegan sobre las primeras actuaciones del Tribunal de Cuentas en Aragón no son muy alentadoras. Van apareciendo, una tras otra, irregularidades, algunas de las cuales se han remitido directamente a la Fiscalía, por si pudieran ser constitutivas de delito. Cuando el control no existe, lo que sí existe es el peligro de que puedan aparecer conductas administrativas a las que no les baste con hacer la ley y la trampa, sino que inviertan perversamente el orden y se llegue a hacer primero la trampa y después la ley. En España, desde que desaparecieron en la época colonial los llamados «juicios de residencia», por los que los virreyes debían justificar exhaustivamente su administración y la evolución de su peculio durante sus mandatos, parece que nos ha quedado muy poca tradición en el control de las actuaciones públicas. Esa situación se ha agravado todavía más en la época democrática, en la que se han venido confundiendo las mayorías con los derechos de pernada al grito de que «el dinero público no es de nadie». Una frase que, por sí misma, descalifica a su autor y en otros tiempos le hubiera condenado al más severo de los ostracismos.
Como hemos repetido en infinidad de ocasiones, nuestra democracia necesita una regeneración profunda, que pasa por una transparencia ab- soluta, de la que ahora carece, a la que habría que complementar con esas condiciones que recientemente ha expuesto un excanciller socialdemócrata alemán. En primer lugar, que todo el que quiera dedicarse a la política demuestre que tiene un medio de vida sólido al que se pueda volver en cualquier momento; a continuación, listas abiertas y limitación a dos mandatos para cualquier cargo. La política no puede ser una profesión, es una vocación; si se alarga demasiado y se convierte en una profesión, el interés general, poco a poco, va dejando paso a un único interés, el de cómo mantenerse en el cargo.
Se ha empezado por arriba, pero estas forma de actuación poco transparentes por desgracia son demasiado frecuentes a todos los niveles y todo, insistimos,  por no hacer las cosas con luz y taquígrafos.
Si ir muy lejos, nuestro ayuntamiento anda pleiteando con el dinero de todos nosotros, para no dar una información solicitada por la oposición, relativa a pagos y retenciones efectuados con dinero público. Se emplea como coartada la protección de datos. Sin duda un mal ejemplo, porque  la información hay que darla siempre y si se hace un uso indebido, es entonces cuando hay que exigir las responsabilidades.

Más artículos...

Página 62 de 71

62
 

© El Cruzado Aragonés C/.  Graus, nº 10 - 22300 Barbastro (Huesca) Teléfono: 974310633 Fax: 974315183 CIF: R2200028E

D.L. HU-11-1953

Web optimizada para una resolución de 1250x768

Diseño páginas web Barbastro