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Opinión Editorial

9 de octubre de 2015

En la entrega de los premios Germana de Foix que concede el Ayuntamiento de Barbastro, y de los que informamos en estas páginas, hubo el pasado viernes mucha emoción, sentimientos que hizo visibles Ana Mur, rostro de una generación heredera del comercio familiar. Su intervención, jalonada por recuerdos envueltos en el mostrador de una tienda, tuvo mucho de homenaje y reivindicación del comercio, del pequeño comercio local, tan íntimamente ligado a su vez al resto de los premiados.

Las carnicerías, zapaterías o librerías, valgan como ejemplo, vienen plantando cara a nuevos modos de venta y ocio, como las grandes cadenas o el comercio online, que han obligado a echar el cierre a muchos establecimientos. Pero además, la crisis les ha azotado de manera singular: desde 2008 las ventas han ido cayendo y, con ellas, el empleo en un sector que en la actualidad da trabajo a más de 2.100.000 personas en España. Esas ventas aún cayeron un 3´1 por ciento en el primer semestre de este año, ralentizando eso sí su ritmo de bajada y dando paso a un esperanzador verano que se ha cerrado con alzas de entre el 5 y el 10 por ciento respecto al año pasado, cifras que permiten atisbar una buena campaña de navidad.

Así, y aunque las amenazas no hayan desaparecido, los establecimientos abiertos en nuestras calles vuelven de esta manera a dar muestra de su flexibilidad de adaptación a modas y tendencias, reinventándose y adaptándose a un entorno mutante. Sus propietarios, antes tenderos, han tenido que evolucionar para convertirse en empresarios, gestores, jefes de compras y ventas, directores de márquetin, escaparatistas, relaciones públicas, encargados de limpieza, becarios incluso; sus escaparates abren ventanas y, por la noche, iluminan nuestros pasos. Y desempeñan esa larga lista de funciones sin dejar de ser fieles a lo que en origen deben ser: generadores de riqueza.

Un tejido comercial fuerte constituye una red de seguridad para la economía local, sin riesgo de deslocalización. No son empresas de largas plantillas, pero éstas se comprometen con la ciudad en la que están porque el dependiente de la pescadería es el comprador en la tienda de deporte y así, en una sucesión sin fin, crean una cadena de reinversión. En Barbastro, que siempre ha presumido de ciudad comercial, hay que mimar al comercio, al pequeño comercio local, escuchando sus pequeñas, pero no poco importantes, peticiones. Y, por supuesto, hay que sumarse al deseo de Ana Mur y pedir una larga vida al comercio local.

 

2 de octubre de 2015

Ya se han rebasado sobradamente los cien días de cortesía que suelen concederse a ayuntamientos y administraciones en general, al inicio de sus mandatos, como periodo de gracia para que los regidores puedan conformar una imagen de lo que será su gestión. Aunque el origen de la expresión remite a la restauración borbónica en Francia tras la batalla de Waterloo, la ingente actividad legislativa del presidente F. D. Roosevelt en sus primeros cien días de gobierno en 1933 le concedió el significado que tiene: el periodo en el que un gobernante marca su impronta, concretando lo objetivos y plasmando las medidas que caracterizarán, en el caso español, los siguientes cuatro años.

En el caso de Barbastro, poco se podría decir de este periodo. Cierto es que el equipo de Gobierno es el mismo desde 1999 por lo que no hay transición, a pesar del parón electoral, de la que esperar novedades. Pero no menos cierto parece que los resultados de los pasados comicios pusieron a los barbastrenses ante un panorama imprevisto, no resuelto y artificialmente dilatado en el tiempo.

El nombramiento de Antonio Cosculluela para tan alta responsabilidad como presidir las Cortes de Aragón dejó en seguida entrever que dejaría la Alcaldía. A pesar de que el interesado no quiere hacerlo, fuentes de su partido apuntan a que se prepara el relevo e incluso, como han publicado medios regionales, que cuando se reforme el reglamento de la Cámara, se incluirá la incompatibilidad del cargo de presidente con otros. Incluir esa incompatibilidad, y muchas otras, da-rían una pátina de higiene y claridad a las instituciones, así como a la relación entre éstas, y el debido respeto a los ciudadanos que merecen regidores a tiempo completo.

A los imprevistos, celebrados y felicitados, se suma ahora la designación del concejal de Urbanismo, Jesús Lobera, como director provincial de Desarrollo Rural y Sostenibilidad, cargo que viene ejerciendo hace unos días y que lleva aparejada una gran carga de trabajo. Él mismo ha dicho que «por mucho que los días tengan 26 horas», es complicado el desempeño sin que se resienta el servicio al ciudadano.

Pasados los cien días, el Ayuntamiento de Barbastro tendrá que abordar la reforma del equipo de Gobierno y despejar incógnitas que ni es justo ni es higiénicamente democrático que deban aguantar los gobernados. Muchos apuntan a que –cuestión de estrategia política– después de las elecciones generales se producirán esos movimientos, lo cual no hace sino volver a señalar lo poco importante que resulta al final la voluntad de los ciudadanos.

 

25 de septiembre de 2015

Habría que escribir con letras especiales los nombres de las personas que, por ser precisamente fieles a la vida, quieren ayudar a mejorar la vida de los demás. Recientemente, otorgando la Almendra de Oro de este año, El Cruzado Aragonés rindió un homenaje entrañable a la figura del Doctor Martínez Vargas, barbastrense y padre de la Pediatría moderna, y, en el número de esta semana, hay una intensa entrevista con otro médico barbastrense, el doctor Jesús Mora Pardina, referencia eminente a nivel internacional por sus publicaciones e investigación sobre la Esclerosis Lateral Amiotrófica, (ELA). Nos complace recordar, además, que es hijo de Alejandro Mora, muy vinculado a El Cruzado Aragonés y a su Patronato, del que fue su secretario. 

La vida humana necesita fidelidades a ella misma y, aunque son muchos los campos en los que esa fidelidad se puede manifestar, nos fijamos hoy en estos dos nombres para subrayar el valor del esfuerzo, la constancia y el deseo de ser servidor de los demás. En estos tiempos, que empezaron con el pret à porter y van siguiendo con el aquí y ahora ya y con el vulgar e inoperante a vivir que son dos días, manifestamos hoy nuestra admiración por quienes saben ver más lejos, creen en el esfuerzo diario y paciente y tienen la humildad de saber que dar un poco más de vida puede ser todo para alguien. Las grandes personas no son las que se engrandecen a sí mismas sino las que hacen mejores a los demás.

El valor de la vida, el valor de valer, como cualquier otra cualidad, no se enseña, se descubre. Y este descubrimiento se lleva a cabo al vivir por dentro el proceso de perfección de la propia persona. Esto no se hace deprisa y sin pensar. Ninguna idea transformadora, ninguna investigación que signifique un avance, ningún crecimiento equilibrado se hace con el tópico insensato del así, más o menos o bueno, a lo que salga. Estas personas que hoy nombramos en este comentario Editorial, barbastrenses que nos representan, y hay más, por supuesto, nos merecen admiración por su fidelidad al trabajo,  por su constancia en el quehacer del día a día, y por la humilde sabiduría de creer que la siembra producirá, cuando sea el tiempo oportuno, el fruto que lleva dentro. Nos dan lecciones a todos: mayores, jóvenes y niños. 

 

11 de septiembre de 2015

Nos duele que el editorial de este número, a caballo entre las fiestas de la ciudad y las de su barrio más emblemático, no ofrezca precisamente una reflexión festiva. El flujo masivo de refugiados, que huyen de sus países de origen buscando asilo para salvar la vida y la dignidad, frente a la actitud, en principio cicatera, de los estados miembros de la Unión Europea nos produce una honda tristeza y preocupación.

Es imposible apartar de la memoria el fantasma de la catástrofe humanitaria del «Holocausto», provocado por la criminal obcecación de un nacionalismo llevado hasta el extremo, límite al que inevitablemente tienden todos los nacionalismos. El actual éxodo de refugiados, en pleno siglo XXI, hace revivir aquellas patéticas escenas que creíamos haber ahuyentado de la memoria como un mal recuerdo.

El artículo 14 de los Derechos Humanos, la creación del «espacio Schengen», la memoria histórica de Europa y nuestros discursos sobre la tolerancia, tan políticamente correctos, permitían esperar de los europeos una actitud acogedora hacia quienes se ven obligados a buscar asilo. Pero adoptar un protocolo de actuación digno y eficaz está costando demasiado tiempo y conversaciones. Para algunos líderes pesan más los cálculos electorales, económicos o demográficos que la protección eficaz y pronta del valor supremo de las personas. Sólo Alemania se ha mostrado dispuesta a acoger sin excesivas cortapisas a quienes llaman a su puerta pidiendo asilo.

Por otra parte, sería una hipocresía que reclamáramos humanitarismo y altura de miras a los líderes sin preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos cada uno de nosotros a moderar o disminuir nuestro bienestar para compartirlo con estos pobres desplazados que buscan un resquicio de vida. El problema de los refugiados no es únicamente asunto de los líderes, sino de todos y cada uno de los ciudadanos europeos que disfrutamos de unos estados de derecho que dan estabilidad a nuestra vida social, política y económica.

Alguien ha dicho que acoger a los refugiados no ha de hacerse por caridad, sino por obligación. Y es verdad. Pero hay que advertir que sin el aceite de la caridad, es decir, del amor y la compasión hacia el semejante o el hermano, los engranajes de la justicia frecuentemente chirrían, se ralentizan y hasta se atascan. La crisis de los refugiados es también una crisis de alma.

 

21 de agosto de 2015

El presente editorial, inmediatamente anterior a la entrega de la Almendra de Oro con la que este periódico desea honrar al benemérito barbastrense, doctor Martínez Vargas, pretende resaltar el ejercicio de memoria agradecida que nuestra Ciudad viene realizando en esta segunda quincena del mes de agosto.

Acabamos de asistir, bajo el lema “Cuna y corona”, a la puesta en escena de un capítulo importante de nuestra historia: el que dio origen a la Corona de Aragón y que tuvo por escenario el entorno físico de nuestras calles y plazas, tal como en ellas se ha recreado durante la pasada semana. Con ello se ha tratado de conjugar, acertadamente a nuestro juicio, el verbo conocer, no sólo en su acepción más elemental de «saber o estar enterado de algo», sino también en la otra más apreciable de «entender o comprender». Por más que a veces alguien lo intente, la historia no se puede borrar. Por eso, llegar a comprender el alcance de los acontecimientos históricos que han configurado su pasado es imprescindible para un pueblo que no quiera condenarse a la inútil tarea de reinventarse en cada generación, marginando sus raíces. Es de sobra conocida la fragilidad del árbol sin raíces, al igual que la de un pueblo que no comprende la trayectoria de su historia. Por ello, bienvenida sea la recreación de un pasado que es bastante más que mera anécdota o pintoresco episodio.

Y en la próxima semana estamos convocados a conjugar otro verbo afín: reconocer, en su noble acepción de «confesar uno la obligación de gratitud a otro». Con la entrega de la Almendra de Oro a la memoria del doctor Martínez Vargas, con ocasión del centenario de la fundación del Instituto Nipiológico de Barbastro, El Cruzado Aragonés pretende una doble finalidad: que ningún barbastrense ignore quién fue este ilustre convecino, al que se debe un paso de gigante en favor de la protección de los neonatos y la drástica reducción de la mortalidad infantil en nuestro país; y, además, confesar y, en la medida de lo posible, secundar la obligación de gratitud que con él tenemos. El reconocimiento del que se ha hecho acreedor el doctor Martínez Vargas nos enorgullece como barbastrenses y nos invita a seguir su estela. Andrés Martínez Vargas fue un profesional entregado a construir con su saber y esfuerzo una sociedad mejor; y fue un hombre cabal, guiado por los sólidos principios que adquirió desde niño en un colegio de nuestra ciudad. Tenemos, pues, tanto el derecho a estar satisfechos como la obligación de continuar su ejemplo.

 

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