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Opinión Editorial Violencia sin adjetivos

21 de enero de 2011

Cuando se habla de un valor supremo y esencial como es el de la vida humana, cuesta acostumbrarse a los números, ya que una vida lo es todo en sí misma y por lo tanto es semilla del futuro de la Humanidad. Hablar de más de 70 muertes de mujeres en el pasado 2010, muchas de ellas acompañadas al sacrificio por sus propios hijos, produce un gran desaliento y una mayor tristeza, si cabe.
La violencia, nos dice quien tiene autoridad suficiente para ello, no es un componente genético más de nuestro ser y de nuestro carácter, sino que en la inmensa mayoría de los casos es el fruto de un serie de influencias externas. El ambiente familiar y social, la educación, la convivencia social con unos códigos de conducta, son algunos de los elementos que de forma acumulativa van a llegar a  configurar en el ser humano las tendencias violentas. Y hablamos de violencia sin ningún tipo de adjetivo, porque aunque el parricidio en sus diversas variantes es lo que atrae una mayor atención mediática, hay tristemente demasiada violencia en todos los ámbitos de  nuestra sociedad. Más de quinientos médicos han sido objeto de actos violentos en el último año mientras ejercían su profesión; los profesores han tenido que ver elevado su grado de protección social y ser declarados agentes de la autoridad para tratar de evitar las frecuentes agresiones de que eran objeto; los políticos, los funcionarios y tantos y tantos miembros de nuestra sociedad que deben convivir a diario con actitudes violentas.
Desgraciadamente, nos estamos acostumbrando a una situación que deteriora gravemente el ámbito de nuestra existencia y nuestra grandeza moral. No es posible que se reaccione más vehementemente contra la prohibición de fumar que contra esta lacra que encierra el germen de la destrucción de una sociedad. Y corregir un problema es más complejo si no se hace bien el diagnóstico. Nuestras autoridades, creemos que ingenuamente obsesionadas por un igualitarismo de pega, le- gislan y legislan, sin entender que un problema moral o una patología social si lo prefieren, no pueden curarse a golpe de decreto. Se necesita una completa restitución moral de la sociedad a través de una educación solvente y rigurosa que reconstruya unos códigos de conducta y unos horizontes de convicciones éticas tan necesarios como ausentes en nuestro mundo actual. 

 

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