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Opinión Editorial Veinte velitas

31 de diciembre de 2010

La simpática imagen de una mofletuda zagala soplando las veinte velitas de la tarta de cumpleaños describe mejor que mil palabras el acierto de aquella feria de la participación y el asociacionismo que se llamó Zagalandia. Los que eran niños, y por ello beneficiarios, cuando esta iniciativa vio la primera luz, están a un paso de convertirse, si es que aún no lo son, en adultos responsables de una familia, de una actividad profesional y de la vida ciudadana; y algo de su desarrollo personal deben a Zagalandia.
A tal cumpleaños, pues, bien le cuadra algún subrayado. Como constatar que lo que empezó siendo una iniciativa animada por una entusiasta floración de asociaciones juveniles está sostenido actualmente por un grupo de voluntarios, sin duda apreciable pero con pocas vinculaciones asociativas. Es éste un fenómeno por lo menos ambiguo. No ponemos en duda el alto valor altruista y solidario que supone el voluntariado; pero duele tener que reconocer que, en estos veinte años, el tejido asociativo, particularmente en el ámbito juvenil, se ha debilitado. Se ha ido perdiendo la paciencia y la constancia que permiten asumir compromisos duraderos y ha proliferado una solidaridad de baja intensidad, hecha de colaboraciones puntuales y poco absorbentes.
Si lo dicho suena demasiado fuerte, convendrá recordar aquella advertencia de alguien tan perspicaz como fue Bertold Bretch: «Hay hombres que luchan un día, y son buenos. Hay otros que luchan un año, y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida; esos son imprescindibles». El mundo necesita a estos últimos para poder subsistir. Desgraciadamente, la dolorosa duda de si va a haber relevos a los que entregar el testigo asalta a la vieja guardia del voluntariado actual, tanto social como eclesial. La actual debilidad del tejido asociativo en todos los ámbitos es un indicador preocupante.
Hay un valor de urgente reivindicación: el agradecimiento a quienes, desde la gratuidad y el voluntariado, han ayudado a otros a desarrollarse como personas responsables y solidarias, teniendo en cuenta que lo que más se agradece es ver que otros se atreven a tomar en sus manos la antorcha antes de que caiga al suelo y se apague por falta de portadores.

 

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