1 de octubre de 2010

Acabamos de pasar una jornada de huelga general en la que, como ocurre casi siempre, el alcance de su éxito o fracaso se mide según la fuente que la valore, pero que al final, como la guerra, difícilmente la gana alguien. No obstante, ante un fenómeno tan excepcional como trascendente para una nación se imponen algunas reflexiones. Se la ha calificado por sus principales convocantes «como la más necesaria de la democracia» y posiblemente no les falte razón. En la mayoría de las  convocatorias precedentes, con independencia de los motivos oficiales, existía un elevado componente político que a nuestro parecer no existe en la presente, donde priman los motivos  que claramente podríamos definir como intrínsecamente profesionales. Hay mucha preocupación por el presente e incertidumbre ante el próximo futuro. Son muchas cosas las que han cambiado en poco tiempo y muchas más las que posiblemente habrán de cambiar y no precisamente a mejor y eso necesariamente nos inquieta.

Hoy por más que se quiera personalizar la responsabilidad de la nueva regulación del mercado de trabajo, del debilitamiento de nuestro estado de  protección social, de la elevación impositiva y de tantos sacrificios como sin duda se nos van a pedir en un futuro muy próximo, ya no es posible. Y no lo es porque, como observan muchos analistas prestigiosos, el creciente poder de los mercados –criaturas nada encarnables, por cierto– imponen su ley inexorable de control riguroso del gasto público. Los excesos acaban pagándose muy caros y sinceramente en un país como el nuestro donde hay tanto que hacer y que avanzar en el terreno del progreso social nos cuesta hablar de excesos.

Hay –y lo hemos repetido mucha veces– necesidad de una contención rigurosa en el gasto público supérfluo, que lo hay y mucho, falta mucha austeridad en la cosa pública, sobran muchos cargos, privilegios de casta  y gastos vergonzantes. Lo triste es que tengamos que aprender el camino a seguir de esta forma tan traumática y tan triste que no ha respetado ni la casi sacralidad de las pensiones de nuestros mayores.

Estamos en un estado de decepción permanente e iniciando el amargo aprendizaje de una austeridad que se nos impone después de tantas ale-grías en el gasto. Ojalá sepamos todos aprovechar estos momentos de dificultad para exigirnos nuestra parte de responsabilidad, pero sobre todo para saber exigirla con la vehemencia necesaria a quienes no dirigen y por tanto están necesariamente llamados a darnos ejemplo.

Una huelga, por su excepcionalidad, por su coste y por su trascendencia, además de tratar de lograr unos fines concretos, tiene que servirnos a todos como un punto de reflexión y de partida hacia delante, aprendiendo de nuestros errores y tratando de evitar el repetirlos.

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