7 de abril de 2017

Nada que comprometa de verdad, –el amor, la libertad, la fidelidad–, es cosa teórica o pura ideología. Y el Evangelio, por referirnos a él en los días de la Semana Santa, tampoco lo es. La Semana Santa, aunque tenga muchos aspectos externos que pueden verse desde el arte, la cultura, la música o las tradiciones, sólo se entenderá desde su adentro si se aceptan desde la fe los misterios que en ella recordamos. Necesitamos una Semana Santa de verdad para que crezcan los valores esenciales del respeto, atención y amor concreto a los demás de los que andamos indigentes.

También nos puede venir bien la Semana Santa para hacer memoria de nuestra historia secular y recordar, sin prejuicios gastados y con limpieza intelectual, que gran parte del ordenamiento y organización social y de pensamiento de los pueblos de Occidente, entre los que nos incluimos, tiene raíces cristianas y ha producido incalculables frutos de bienestar social, cultural y humano. Duele, por tanto, que haya ahora entre nosotros una cierta cultura dominante que pretende negar esta historia y que ignora las fisuras sociales y humanas que se generan desde el desconocimiento, o más aún, desde la negación, de los valores cristianos que han sustentando nuestra civilización.

La Semana Santa, que año tras año llena de un hálito diferente la vida de nuestros pueblos, nos devuelve al misterio de las cosas esenciales: al misterio de Dios y del hombre, de la vida y de la muerte, del mal y de la gracia, del odio y del perdón. Vividos desde la fe estremece en la Semana Santa contemplar en silencio y a corazón abierto los acontecimientos que nos evoca: que Jesucristo, el Hijo de Dios, asume nuestros sufrimientos y heridas, nuestros males y pecados, para redimirlos con su propia vida y con su propia muerte. Y, para que ni su muerte ni la nuestra se queden ahí como final de todo, también éstas fueron vencidas con su resurrección.  

Nuestra Semana Santa fue declarada el año pasado de Interés Turístico Nacional. Más obligados estamos todos, y por esto mismo, a procurar que sea nuestra Semana Santa ejemplo de autenticidad vivida en conformidad plena con la verdad que en ella se contiene: la del amor de Dios que nos ama hasta el extremo para que su amor esté en nosotros y nos amemos como Él nos ha amado. No se puede separar la Semana Santa de la caridad, del compromiso por hacer la justicia y la paz entre todos. La Semana Santa no es un nombre ni unas fechas sino que es el signo vivo de lo que debe ser la vida de los cristianos. 

 

Joomla SEO powered by JoomSEF