3 de marzo de 2017

No nos parece la Cuaresma un tiempo raro, se diga lo que se diga, porque además estamos en tiempos nuevos en esto de lo espiritual o de la espiritualidad. En la sociedad de antes parecía imposible no creer en Dios; ahora la fe es una posibilidad entre tantas otras y se valora. Si antes se hablaba del destino hoy se habla más de la decisión personal y la decisión religiosa forma parte de las decisiones personales. En este siglo se puede hacer bien la propuesta de una espiritualidad cristiana, entre otras, y hoy la demanda espiritual no es obsoleta sino que resurge indicando que el corazón humano es religioso.

La espiritualidad cristiana de la Cuaresma, que no es fin sino medio y camino para la Pascua, es capaz de crear armonía, equilibrio y sentido de vivir.  Desde una Cuaresma cristiana se aprende a afrontar y a aceptar la finitud y la limitación de la existencia humana haciendo referencia a valores profundos y vitales que ayudan a pensar, a sentir y a vivir los momentos presentes abiertos al futuro. 

Una espiritualidad cristiana, que parte de la gracia del bautismo, se aleja de un «vacío» espiritualismo y no descuida ni las responsabilidades personales ni los compromisos sociales, practica las virtudes e incide en la vida social y política. No nos corresponde ahora juzgar de otras espiritualidades y formas nuevas de acercarse a lo religioso, pero sí queremos, al menos, llamar la atención sobre la desconexión con el mundo real y su falta de incidencia en el compromiso social de algunas de ellas que pueden llevar a quienes las practican a la búsqueda individual de un bienestar personal y de evasión.

La Cuaresma cristiana es para personas alternativas que sepan caminar contracorriente, que no cedan al sistema impuesto por las modas del mercado, que demuestran con su vida que las cosas pueden ser pensadas y cambiadas y que viven de un modo que se funda en el Evangelio. 

 

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