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Opinión Editorial Carencias de verano

20 de agosto de 2010

El verano cumple cada año con el rito de una metamorfosis social en nuestros pueblos. Si durante el año, muchos de ellos presentan una situación de letargo más que invernal, llega el verano y todo cambia ritualmente. El pueblo se llena de nuevos y temporales residentes y comienzan obligatoriamente una serie de actividades destinadas necesariamente a retenerlos y a entretenerlos. Así se ha ido produciendo una dicotomía peligrosa entre una situación económica extremadamente ajustada y la necesidad de prestar unos servicios  más demandados que necesarios , pero que con una mínima lógica económica, resultan difíciles de sufragar y mantener.
Cierto es que esas agrupaciones supramunicipales que llamamos comarcas han solventado el problema de la prestación de una parte, la más esencial y básica  de esos servicios, pero nos tememos que con el horizonte de restricciones que asoma a la vuelta de la esquina, lo más prudente sería ir racionalizando los servicios que se vienen prestando. Hasta ahora en muchos municipos las carencias se han venido su-pliendo con un alto grado de voluntarismo por parte de muchos de sus habitantes, pero eso sirve para lo que sirve, para ir tirando.
Llegan los tiempos en que cada gasto debe ser medido, pesado y justificado, no sirve de nada dotar a nuestros pueblos con unos servicios, que en muchos casos son innecesarios y que a la larga van a terminar por asfixiarlos económicamente. No debería ser una situación de crisis la que obligara a acomodar rigurosamente los gastos a las necesidades más imperiosas, debería ser la norma habitual, sobre todo por el repunte desbocado y peligroso que viene llevando el capítulo de gastos no necesarios en muchos de nuestros pueblos.
También es necesario referirse a las consecuencias colaterales de esta conductas que pueden observarse a poco que uno mire a su alrededor. Plantillas excesivas, déficits  endémicos y al final el corolario imperfecto de más impuestos para los ciudadanos, que ya empiezan a aprender la lección  más elemental de la economía, que al final no hay nada gratis.

 

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