30 de diciembre de 2016

Sin ánimo de hacer balance de las luces y sombras del año que nos deja, prevalecen en la memoria situaciones que van más allá de la mera anécdota y tienden a convertirse en categoría. Nos referimos principalmente al terrorismo suicida, unas veces selectivo y otras indiscriminado, pero siempre destinado a sembrar muerte y dolor; nos referimos también al drama de los refugiados, cuya solución se viene dilatando inexplicablemente; y nos referimos además al intermitente goteo de emigrantes que lo arriesgan todo por alcanzar un «paraíso» que, por malo que sea, siempre les resultará mejor que el lugar del que proceden.

Estos hechos están en vías de dejar de ser mera anécdota para entrar en el ámbito de la «categoría», que para la lógica filosófica es la cualidad que define una realidad. ¿Sería mucho decir que este año se definirá por el miedo a ser atacados inesperadamente y por la desidia para instrumentalizar soluciones razonables a los grandes dramas humanos?

Bien es verdad que no está en las manos de cada uno poner remedio a esos males; pero también es cierto que todo lo malo que ha ocurrido en la historia humana ha sido el resultado de la incubación silenciosa de actitudes aparentemente inocuas, aunque siempre individualistas y egocéntricas, que terminaron por dar a luz monstruos que horrorizan por su deshumanización. Está demasiado próxima la memoria de los fascismos, que asolaron a Europa y desencadenaron el desastre de la Segunda Guerra Mundial, para negarlo o mirar hacia otro lado.

La divinización de la propia identidad, el miedo a compartir el bienestar alcanzado, la globalización de la indiferencia, tan típica de nuestro occidente satisfecho, y otras reacciones espontáneas y cotidianas, que no nos apetece controlar, impiden que se desarrollen políticas no excluyentes y facilitan la conversión de algunas situaciones en esas categorías que luego horrorizan. Ojalá estemos equivocados, pues sería una lástima que en esto tuviéramos razón.

 

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