18 de noviembre de 2016

La práctica totalidad de los modelos de convivencia social coinciden en apuntar al respeto como base imprescindible para vivir en armonía con otras culturas, credos y razas, con cualquier “otro”, en definitiva. El respeto. Un valor que acaso suene antiguo pero que podría desenmarañar él solito casi todas las dificultades que entraña relacionarse con aquellos que no son como nosotros, que piensan diferente, desarrollan comportamientos que nos son ajenos y se aferran a costumbres que no comprendemos. Pero respetamos. Esta consideración hacia los demás, como las grandes vías de comunicación, traza una senda de muchos carriles y doble sentido; si yo te respeto a ti, espero que tú me respetes a mí, y conmigo a las normas de las que junto a mis vecinos hemos decidido dotarnos para facilitar aún más esa convivencia.

Muchos de esos códigos son tácitas aceptaciones de conductas que están bien y conductas que están mal; algunos son elevadas a rango de leyes con el propósito de evitar el conflicto en las sociedades organizadas. Para que la ley tenga fuerza y cumpla el objetivo con el que se diseñó, suele llevar aparejada una sanción en caso de incumplimiento que, de no llevarse a efecto, vulnera las bases de la convivencia social basada, entre otras cosas, en que todos somos iguales ante la ley, tanto para derechos como para obligaciones.

En varios puntos de Barbastro se repiten denuncias de los vecinos sobre lo que consideran conductas que no pueden estar aceptadas por la sociedad, comportamientos alejados de todo civismo o abiertamente antisociales. No es tolerable que de forma sistemática haya personas, sea cual sea su cultura, credo o raza, que arrojen la basura por la ventana y amenacen a los viandantes. Que conduzcan vehículos sin permiso, sin seguro y a toda velocidad de forma ostentosa por el centro de la ciudad. O que haya menores que campen sin supervisión paterna, que no acudan al colegio o, si lo hacen, sea en unas condiciones extraordinariamente excepcionales. Quien lo tolera, lejos de respetar al otro, consagra y radicaliza la marginalidad con la burda coartada de que aquellos son diferentes. Pues no. Todos somos iguales.

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