12 de agosto de 2016

Vivimos un agosto extraño, por aquello de que es el mes vacacional por excelencia, con la persiana bajada en muchas empresas y en los parlamentos, regionales y nacional. Pero, por aquello de que aún no hay gobierno –un aún que va camino de durar un año–, parece que algunos no tengan claro si optar entre la playa o la montaña. Una decisión clásica, que provoca no pocas discusiones y renuncias, y que en ocasiones dirige el viaje a una costa con acantilados a una montaña con río o buenas piscinas. O, a lo peor, a quedarse sin vacaciones. Porque elegir, al mismo tiempo, supone renunciar, esperando que la opción preferida será también la mejor pero sin la garantía suficiente para no asegurar el error.

En estas parecen hallarse estos políticos que nos hemos dado o nos han venido, imagen fija de un país que quizá seamos, lo merezcamos o no. Tienen el coche preparado, dispuestos a salir de vacaciones, y ya han elegido destino, el suyo, claro está; tienen el maletero lleno, con el flotador y las botas de montaña porque no están dispuestos a renunciar a nada, ni siquiera a dejar de comportarse como una cuadrilla de adolescentes que juegan al «ahora no te ajunto», faltos de principios básicos de la democracia como el respeto a la voluntad de la mayoría, la convivencia social, la participación ciudadana o el diálogo.

El ejercicio de irresponsabilidad colectiva que están perpetrando todos ellos nos pasará factura como sociedad que carece de mecanismos y, lo que es peor, de valores con fuerza suficiente para obligar a nuestros representantes a ponerse de acuerdo para gobernar en horas o días después de unas elecciones. Para ello se presentaron, del primero al último, y esa es su obligación, ejercer o controlar la acción del gobierno. Y lo que no sea eso, hacer lo que ya hemos votado dos veces, también se llama corrupción, porque las dudas, las demoras y los remilgos se los estamos pagando, indemnizando a sus señorías por el fracaso del sistema que, y a lo mejor entonces por fin protestamos, repercutirá de forma muy negativa y directa en nuestros bolsillos.

 

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