22 de julio de 2016

El mundo de ayer no es el de hoy ni el de hoy será el de mañana. Los cambios se suceden a tal velocidad que su análisis llega cuando es ya es tarde, y apenas sirve para constatar que o estamos todos locos o a ver quién se atreve a explicar lo que está pasando. Nos desangramos en Siria, en Niza, en Turquía o en Congo, y aquí al lado, en un barrio de Zaragoza y en Bilbao. Mata la guerra, matan los hombres que acaso las disfrutan y las necesitan, con coartadas políticas, religiosas, sociales o sexuales, que sabemos que no son más que luchas de poder, sean entre países, entre culturas o entre hombres y mujeres.

El nulo respeto por la vida humana domina este mundo que gira sin control, que nos horroriza y nos anestesia a partes iguales. La crisis, repiten los expertos a los oídos sordos y los ojos cerrados, es de valores. Resultaría más cómodo que no fuera así, que las responsabilidades se socializaran.

Nos solidarizamos con los otros, en las redes sociales, donde lucimos banderas y frases hechas que consiguen muchos me gusta y aliviar conciencias. Indignados con el sistema, enumeramos todo lo que hay que cambiar y cómo hacerlo, generalmente a cientos o a miles de kilómetros de distancia, porque nuestra moral, léase la ironía, siempre es superior en la asepsia. Señalamos a los políticos, envidiando las mismas prebendas que criticamos, pidiéndoles que sean ejemplares, aunque nosotros robemos los azucarillos en el bar. Juzgamos, sentenciamos con el mando de la tele en la mano, el aire acondicionado a pleno rendimiento, y la ventana cerrada, no sea que el mundo nos obligue a arremangarnos e intervenir, a tomar partido y exponernos.

El mundo ya es diferente al de hace un minuto; nunca es igual, por mucho que su giro nos parezca ajeno en lo malo y afín en lo bueno. Lo hacemos todos, juntos, con nuestras miserias y alegrías.

 

 

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