17 de junio de 2016

Sabido es que aquel hombre culto llamado Ramón Guillermo, que cambió una prometedora carrera militar por la soledad de claustro para dedicarse a la oración y al estudio, y al que ahora nuestra ciudad y diócesis veneran como santo y se encomiendan a su patrocinio, salió de Barbastro huyendo «por el lugar denominado Riancho, atravesó el río Vero por el puente de la Misericordia, y tomó el camino del pueyo de las forcas», donde hoy se levanta la ermita de San Ramón. Desde allí lloró sobre la ciudad que lo expulsaba y la bendijo.

En la expulsión del obispo Ramón se dieron cita varios motivos, a cual más bochornoso: un rey tan batallador como Alfonso I, al que no hacía mucha gracia un obispo tan poco guerrero y tan bondadoso como Ramón Guillermo; un obispo con ambiciones expansionistas, como Esteban de Huesca, que no cejaba en su empeño de anexionarse los territorios barbastrenses; y la complicidad de los nobles de Barbastro, que no veían con buenos ojos que el Obispo apoyase a los hombres libres y a los siervos.

El obispo Ramón recurrió a Roma y los Papas apoyaron su reclamación, conminando incluso con la suspensión al obispo Esteban. Tres o cuatro años después de su expulsión fue rehabilitado, pero ya nunca volvió a Barbastro, fijando su sede en Roda donde realizó una fecunda labor evangelizadora y cultural. En fin, otro episodio, de los que tan pródiga es nuestra historia, de un justo maltratado por no plegarse a las veleidades de quienes abundan en ambición y tienen en sus manos la razón de la fuerza.

Recordamos esta historia pocos días antes de la repetición de unas elecciones generales, que deberían proporcionarnos un gobierno estable, justo e inteligente. Tal vez sea mucho pedir, pero como hombres libres y honestos tenemos derecho a soñar con ello y Dios quiera que a conseguirlo. Por suerte, ya no son las armas ni los derechos dinásticos quienes ponen y quitan a los gobernantes en las sociedades democráticas, sino la voluntad del pueblo soberano. La complicidad de los nobles barbastrenses en el desafuero cometido con san Ramón nos lleva a subrayar la complicidad de los ciudadanos, por acción u omisión, en el futuro gobierno de este país. Ojalá el recuerdo de lo que ocurrió con el patrón de la ciudad nos anime a evitar la desgana y a ejercer una decisión plenamente responsable.

 

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