3 de junio de 2016

Ni pretendemos exhumar la revista que dirigió José Bergamín durante la II República –Cruz y raya (Revista de Afirmación y Negación)– ni mucho menos mencionar al dúo cómico del mismo nombre, que ha estado en las antípodas de aquella revista patrocinada por intelectuales de la edad de plata de nuestra literatura. Tan sólo queremos referirnos a la expresión coloquial con la que se manifiesta el propósito de despreocuparse y dejar en el olvido una cosa o persona como si ya no existiera, o sea: hacer cruz y raya.

Porque la publicación de la memoria de Cáritas, de la que se da cuenta en estas mismas páginas, avala la dolorosa constatación de que ni la crisis ha terminado ni se ha de pasar página despreocupadamente pensando que la solidaridad era cosa de otro tiempo y para otras situaciones. Pues no se puede hacer cruz y raya cuando más de siete mil personas, de las escasas cien mil que viven en esta Diócesis, han sido atendidas en los diferentes programas de Cáritas y cerca de dos millones de euros han sido invertidos en un amplio abanico de ayudas que van desde la acogida y atención a necesidades perentorias hasta la inserción laboral y puesta a punto para poder desenvolverse en un mundo tan diferente e inhóspito para muchos.

Casi la mitad de los recursos invertidos procede de la solidaridad directa de muchas personas anónimas que, como la viuda pobre de la parábola evangélica, dan lo que pueden. El resto son fondos públicos que llegan en gran medida a través de la «cruz» marcada por los contribuyentes en su declaración del I.R.P.F., indicando así su voluntad de que se destine un pequeño porcentaje de sus impuestos a fines sociales y solidarios.

Dos consecuencias nos parece lógico derivar de las precedentes consideraciones: la primera, que, como ya se ha dicho, no sería justo «hacer cruz y raya» con la crisis y la necesidad de seguir activando la solidaridad de todos; y la segunda, que sí es preciso «hacer la cruz» en nuestros papeles de la renta, porque garantizan que esa parte de nuestros impuestos va a ser bien empleada. Sin olvidar un estrambote, como en los mejores so-netos, a saber: que la «cruz» a favor de los fines sociales puede unirse con la de la Iglesia, y que ésta también es una «cruz» solidaria, porque es la Iglesia quien, desde los valores evangélicos que proclama y educa en sus miembros, promueve una conciencia de solidaridad y voluntariado sin las que no sería posible mantener vivas y activas las múltiples iniciativas que se recogen en la memoria aludida. Por ello la cruz, sí; pero también la raya que la hace llegar hasta la Iglesia.

Joomla SEO powered by JoomSEF