6 de mayo de 2016

Si nuestros representantes políticos fueran empleados de una empresa privada y se les valorara de acuerdo con su capacidad para cumplir el trabajo encomendado, a estas alturas estarían todos despedidos. En el periodo de tiempo que ha mediado desde el 20 de diciembre hasta hoy, hemos asistido a un lamentabilísimo espectáculo en el que nuestra clase política, la casta que hoy ya son todos, se ha retratado. Y de qué manera.

A nuestros políticos, a estos políticos, los intereses generales de los españoles les importan más bien poco. En este paréntesis de seis meses en el que estamos, con la meta volante del 26 de junio, en Eu- ropa y en el mundo se están produciendo una serie de acontecimientos ante los que nuestro país vive de espaldas, entretenido en rifi rafes de patio de colegio en el que lo único que quieren amarrar es cómo sacar el máximo provecho para sus siglas. El objetivo es gobernar, no cómo hacerlo; sólo el poder, como recompensa al tweet más ingenioso, la foto oportuna o el mensaje corto, pendientes de las encuestas del mismo modo que la telebasura lo está de las audiencias.

La clase política se queja y mucho de la consideración que sobre ellos tienen los ciudadanos, que según el Barómetro de marzo del CIS, los considera el cuarto problema de nuestro país, por detrás del paro, la corrupción y el fraude, y la situación económica. Si reparamos en que los tres primeros están íntimamente vinculados a la gestión política y que casi el 80 por ciento de los españoles considera que la situación resultante es mala o muy mala, habría que ir enseñándoles a todos sus responsables donde está la puerta de salida.

Así tendrían la ocasión, como ellos mismos plantean para los que están desempleados, de poder formarse y reciclarse. Asistiendo, por ejemplo, a unas clases de urbanidad y cortesía. Con ese mínimo, que les permitiría saludarse cuando se vieran, tendrían herramientas para iniciar un nuevo recorrido vital, en el que hacer un hueco para el estudio de la historia española, a ver si así la conocen un poquito más, la empiezan a respetar y se ponen a su servicio. Al que deben estar. Cumpliendo con el trabajo para el que, además, se han ofrecido.

 

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