1 de abril de 2016

Hace años ya que la Junta Coordinadora de Cofradías de la Semana Santa barbastrense hace pedagogía e insiste en que el vertiginoso recorrido que comienza con el populoso recibimiento de Jerusalén, que incluye traición, dolor, escarnio, sangre, muerte y lágrimas de una madre, solo tiene sentido si, al final, el luto cae y la vida se impone. Despertó las sonrisas el padre Lezama en el Pregón al anunciar «hemos nacido, hemos nacido», una sencilla observación en la que insistió señalando el júbilo que produce una vida nueva, la de cualquiera, hermano de todos. De todos.

Hermanos muertos en Bruselas, en Pakistán, en el mar, intentando cruzar la frontera que separa la vida y la muerte. Familias en las que nos reconocemos se hunden en el barro y en la desesperanza de los campos de refugiados, con una valla de espino en el horizonte. Qué difícil sobreponerse al llanto de cada día, qué complicado asirse a la esperanza y qué sencillo, al tiempo, convertirlo en cotidiano.

El mensaje es viejo. No busquéis entre los muertos a la vida; abrid la mirada, reconoceros en el otro, en el hermano, celebrad que habéis nacido, que estáis aquí. Pero id más allá, no basta con la contemplación y el sentimentalismo. Buscad entre los vivos, dadles la mano y tirad de ella. Porque cuando un hombre muere, todos perdemos a un hermano.

 

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