11 de marzo de 2016

Aquellos a los que les ha sido amputado un miembro, refieren dolor en esa parte que no está y que sin embargo sienten tan presente, a veces durante un largo periodo de tiempo. La percepción es tal que llegan a notar que la extremidad permanece unida al cuerpo, con sus funciones intactas, a pesar de que éstas hayan sido ya enmendadas por otras vías. Como tal, el Cuerpo de la Guardia Civil, de Barbastro y del territorio nacional, se encuentra hoy doliente, incrédulo, intentando coser las heridas y, al tiempo, comprometido con la labor de garantizar la seguridad ciudadana que tiene encomendada.

Su contención y rapidez en las actuaciones para detener y poner a disposición de la justicia a los responsables de la muerte de su compañero confirman que su papel es fundamental para hacer que todos vivamos más seguros y tranquilos. Para dar cumplimiento a este objetivo estaba trabajando Pepe el día que lo mataron: él y sus compañeros controlaban los vehículos para evitar que conductores borrachos o drogados circulen por nuestras carreteras y en ese compromiso se dejó la vida. Qué paradoja.

Los barbastrenses han dado una lección, con su modélico comportamiento, ante el que la Comandancia de la Guardia Civil de Huesca ha expresado su sincero y sentido agradecimiento. Autoridades y vecinos han manifestado estos días que esta trágica muerte no debería haberse producido iniciando un hilo argumental que nos lleva a plantear si es que, entonces, podría haberse evitado. Los juicios a posteriori son siempre tramposos y en cada uno de nosotros se esconde un juez que impondría penas con la razón en una mano y el corazón en la otra. Pero, sin caer en un apasionamiento ciego, sí hay que reclamar un análisis sosegado sobre las circunstancias que han desembocado en este torrente de dolor.

La Ley del Menor, el consumo de drogas por adolescentes o la violencia en las aulas o en las calles suscitan un debate generalizado, pero habrá que analizar el caso concreto de Barbastro, el caso concreto de unas familias y el caso concreto de unos menores. Y, en este caso concreto, cómo ha sido la actuación de las diferentes instituciones, administraciones, entidades e, incluso, ciudadanos particulares, no para culpabilizar sino para corregir. Porque los responsables de la muerte de José Antonio Pérez son, presuntamente, los cuatro menores, pero hay qué saber qué hubo antes de que cogieran el coche y lo dejaran muerto en el kilómetro 158. Cómo se llega hasta allí.

Comenzando por los que han sido espectadores pasivos de comportamientos violentos y autoexcluyentes reiterados, mirando hacia otro lado y combatiendo la marginalidad con una caridad mal entendida. Continuemos por aquellos que subvencionan pero no supervisan una integración que, en algunos casos, no es tal sino más bien un pago a cuenta para dejar al resto de la sociedad en paz y con la conciencia tranquila. Añadamos los que buscan carroña, a los irresponsables que hacen correr falsas acusaciones, a los alarmistas y a los que creen que paz social es convertir calles en guetos, en los que los delincuentes pueden campar a sus anchas, situaciones que se han denunciado de forma reiterada.

 

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