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Opinión Editorial Preocupación y esperanza

26 de febrero de 2016

Alcohol, tabaco y cannabis son las sustancias psicoactivas que más consumen los chicos y chicas aragoneses en edad de enseñanza secundaria, según la encuesta «Etudes 2014-2015», que lleva quince años estudiando el comportamiento de los jóvenes en relación con las drogas. Hay datos claramente preocupantes, como que el consumo de esas substancias va abandonando, en la conciencia de los jóvenes, su carácter marginal, pasando a ser progresivamente aceptable; que casi siete de cada diez encuestados ha bebido durante los últimos treinta días en plan «atracón» (cinco o más vasos, cañas o copas en dos horas); o que la primera borrachera se produce hacia los catorce años de edad.

Desgraciadamente, la encuesta no descubre nada que no supiéramos, pero el ver confirmadas las sospechas por la contundencia de los datos contrastados no sólo duele, sino que hace saltar una vez más las alarmas, ya que el futuro que puede otearse desde este observatorio no resulta halagüeño. Una vez más, este sujeto colectivo, un poco informe e inconcreto, que denominamos sociedad tiene la obligación de hacer algo más que tomar conciencia de lo que ocurre. Y puesto que el sujeto social es, como decimos, informe e inconcreto, somos cada persona consciente de lo que está en juego quien, desde nuestra respectiva responsabilidad de padre y madre, de educador, de autoridad y también de emprendedor, está obligada a empeñarse en no hacer plausible ni posible un consumo tan preocupante y a la larga destructivo.

A fin de cuentas, las encuestas también hacen notar que esos comportamientos juveniles reflejan la permisividad de los entornos donde transcurren sus vidas. Es por ello indispensable hacer propuestas saludables a los jóvenes y ofrecerles apoyos espirituales que les sostengan en el camino de la vida sin necesidad de esas «muletas» engañosas que proporcionan las drogas. En este sentido hay motivos para un esperanzador optimismo. En estas mismas páginas se reseñan iniciativas que merecen toda nuestra atención y aplauso. Hay también una juventud capaz de hacer «otras cosas», como esforzarse en una limpia y estimulante competición sincronizada, gustar la alegría de vivir el encuentro con la naturaleza en iniciativas provechosas para la comunidad, dedicar tiempo e ilusión a acompañar el crecimiento humano y espiritual de niños y adolescentes en colonias de vacaciones, o buscar el sentido más profundo de la existencia en esas «Noches claras», que están convocando a casi un centenar de jóvenes para charlar durante una hora con Jesucristo, en un clima de encuentro y alegría.

Frente al derrotismo de los preocupantes datos señalados al principio, se va encendiendo la aurora de una esperanza; en las manos de todos está conseguir que no se malogre.

 

 

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