12 de diciembre de 2016

Pocos y contados vecinos de nuestra ciudad y comarca llegan a cumplir cien años de edad. Cuando esto ocurre, las páginas de El Cruzado Aragonés resaltan el acontecimiento con una sincera y amable reseña, puesto que el ser humano siempre ha percibido en la longevidad un signo de la bendición de Dios. Hoy, sin embargo, nuestras páginas no sólo traen reseña, sino editorial, el más noble y significativo lugar de un periódico, para dar cuenta de la celebración centenaria de un hombre tan excepcional como don Damián Iguacen.

Ni la ciudad, ni la diócesis, ni este periódico podrían hacer otra cosa, puesto que se trata de festejar y felicitar la existencia centenaria de quien fue su Obispo durante poco más de cuatro años en la primera mitad de los años setenta. Don Damián fue, entre otras muchas cosas, un luchador por la pervivencia de la diócesis barbastrense. El mismo día en que anunció a la Curia diocesana su traslado a Teruel, dio a conocer, con un gesto excepcional e inédito, el nombre de su sucesor, logrando así que esta sede no quedase vacante, en circunstancias en las que el nombramiento de los obispos se demoraba sine die, debido a los problemas derivados del derecho de presentación al que todavía no había renunciado el Jefe del Estado.

En el lustro escaso que duró su pontificado barbastrense, no sólo continuó la fecunda tarea apostólica de su predecesor, don Jaime Flores, sino que la profundizó y desarrolló con ejemplar dedicación y discreción. En silencio, pe-ro con eficacia, puso en marcha el espinoso proceso de modificación de los límites diocesanos, que veinte años más tarde logró culminar don Ambrosio Echebarría. Bajo su sabia tutela se inició la recuperación, salvaguarda y restauración del patrimonio histórico-artístico que actualmente luce en el Museo Diocesano, entonces disperso y deteriorado a consecuencia de las penurias y de los desmanes de la guerra civil.

Recorrió uno a uno los pueblos de la diócesis, en una ejemplar visita pastoral, en la que conjugaba su preocupación por la situación espiritual de los feligreses con su interés por encontrar soluciones a la problemática económica y social, causante en gran medida de la despoblación que ya había empezado a esquilmar nuestras comarcas pirenaicas y que oportunamente denunció. Hablaba con todos, recordaba los nombres de los vecinos cuyos pueblos visitaba, manifestaba una preocupación sincera por la situación de cada familia y de cada pueblo.

Con los escasos mimbres con los que entonces contaba y en el corto tiempo que aquí estuvo, tejió una red tan tupida de afectos y respeto que se le ha seguido recordando y queriendo durante los más de cuarenta años que han pasado desde que dejó de ser nuestro Obispo. Por todo esto y mucho más, que no es posible desgranar en un espacio editorial, déjenos, don Damián, que le felicitemos y le digamos ¡gracias!

 

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