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Opinión Editorial Aprender con los pobres

5 de diciembre de 2016

La pobreza se refiere, en primer lugar, a la carencia material de derechos y bienes imprescindibles para la vida: los alimentos, el agua, las condiciones higiénicas y de salud, el trabajo, la vivienda, la posibilidad de desarrollo y el crecimiento cultural. Pero no podemos olvidar, como señaló Juan Pablo II al comienzo del nuevo milenio, que el término pobreza se refiere también a otras miserias.

Un buen ejemplo es la miseria moral, que hace a las personas caer en esclavitudes que acaban con el sentido de su vida, con su esperanza, esclavitudes muchas veces originadas por condiciones sociales injustas. Este tipo de miseria está siempre unida a una miseria espiritual, que se origina cuando nos alejamos de Dios y pensamos que nos bastamos a nosotros mismos. Además está la miseria en las relaciones, debida a la carencia de sólidos vínculos familiares y comunitarios, que producen nuevos tipos de marginación y de soledad.

Este empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias, junto con el alejamiento del hombre de Dios y la búsqueda insaciable de bienes materiales, ha llevado a muchos a buscar el bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia, más allá de la lógica de una economía sana, generando una dinámica que deja atrás a los que más necesitan y por tanto, creando una sociedad cada vez menos humana.

El Papa Francisco insiste en que los cristianos salgamos a dar respuesta a los que están en las periferias y para ello necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. Sería bueno aprender a estar con los pobres.

Manos Unidas, convoca a todas las personas a participar de su misión. Sería bueno llenar nuestra sociedad de corazones compasivos. Corazones volcados hacia la solidaridad, corazones capaces de abrirse a las necesidades de los más alejados, los que no cuentan para este sistema de sólo ganancias, los «sobrantes» como nos dice el Papa.

Acerquémonos a ellos, mirándolos a los ojos, escuchándolos. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrarnos a nosotros mismos y al mismo Cristo tocando su carne que sufre. Es una buena manera de despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia de Dios.

 

 

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