18 de diciembre de 2015

Visto lo acontecido estos últimos días, podría parecer que las elecciones generales que se celebrarán este próximo domingo ya tienen ganadores y perdedores. Decimos visto, y decimos bien, atendiendo a la mediatización televisiva e internaútica del principal acontecimiento de la democracia, el que le da sentido y enjundia al sistema de convivencia que nos hemos dado los españoles: el voto individual, libre y secreto de cada persona que decide ejercer ese derecho, e incluso de las que deciden no ejercerlo.

Antes del cara a cara entre los candidatos del PP y del PSOE, la cadena televisiva que iba a emitir el espectáculo nocturno anunciaba a bombo y platillo lo supuestamente decisivo de un debate en el que ponía como reto a los contendientes no aburrir. Así. No aburrir. No molestar, no cansar, no fastidiar. Que no den la tabarra con temas complicados que, desde el sofá, a las diez de la noche, cueste seguir. Que memoricen frases ingeniosas y las lancen como un gancho al de enfrente, para que aplaudamos o esquivemos el golpe a nuestro antojo. Que las sentencias sean de menos de 140 caracteres para tuitearlas sin problemas. Que la cadena haga una buena audiencia, que media hora más tarde nos digan quién ha ganado y que nos vayamos a dormir tan tranquilos y tan democráticos.

Debates televisivos aparte, muchos convendrán en que las campañas electorales aportan más bien poco y que, salvo la irrupción de las redes sociales, estos quince días de mítines y actos de partido se hacen hoy igual, o si acaso peor, de como se hacían veinte años atrás. De las furgonetas al avión y del cartel físico a la pegada virtual, el meollo del asunto siguen siendo los valores y las ideas que sustentan un proyecto político y la capacidad de quien las defiende para llevarlas a cabo. Pero poco se ha hablado de propuestas, que ahora se estila ir dosificando día a día, el martes en una plaza de toros y el miércoles en un auditorio, para culminar hoy, en el cierre de campaña, con la traca final.

Pero no nos equivoquemos. Las elecciones, las de verdad, tendrán lugar este domingo, y serán tan decisivas como lo son cada cuatro años las llamadas a las urnas para decidir el reparto de los escaños en unas cámaras, el Congreso y el Senado, que representan a los ciudadanos españoles y en las que se deposita las funciones de legislación del Estado y control de la acción del Gobierno, entre otras. En las elecciones, en las de verdad, podremos elegir entre todas las candidaturas que concurren a estos comicios y que, a pesar de lo que los grandes grupos mediáticos nos pretenden hacer creer, no son cuatro. El 20 de diciembre, pasado mañana, podemos ejercer un derecho que al tiempo es un deber: el de participar activamente en la democracia.

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