11 de diciembre de 2015

No podemos silenciar, en nuestro semanario, el acontecimiento eclesial que el Papa Francisco quiere que vivan, en el mundo entero, las comunidades cristianas. Ha convocado, y ya inaugurado, el Jubileo de la Misericordia, un Año Santo extraordinario que en el calendario se centra desde el 8 de diciembre de 2015, Solemnidad de la Inmaculada Concepción y aniversario, 50 años, de la clausura del Concilio Vaticano II, hasta el 20 de noviembre de 2016, último domingo del Año litúrgico y solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El día 11 del pasado mes de abril, justamente en las Vísperas del II domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, firmó la Bula con la que convocaba a la Iglesia a vivir con alegría y convencimiento este Jubileo de la Misericordia.

En las primeras palabras de este escrito, afirmando con rotundidad que Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, añade que el misterio de la fe cristiana encuentra su síntesis en la verdad de la misericordia de Dios. ¿Cómo no vivir, pues, desde la fe, la experiencia de haber recibido misericordia para ofrecer, también, misericordia? Sabe el Papa que a este mundo, convulso en extremo, dividido en guerras, asustado por sus poderes y sus ideologías, y metido sin descanso en espirales de violencia, le puede salvar «el rostro de la misericordia de Dios» y, desde ahí, el compromiso eficaz de acogernos todos con misericordia siguiendo el estricto obrar de Dios que sale a encontrar a todos sin excluir a ninguno. «Donde la Iglesia esté presente, escribe el Papa, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. Dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia». 

Misericordia no es el «buenismo» débil o el pacifismo sentimental que deja impune la injusticia y el mal. Significa hacer el difícil y necesario salto que permite que la bondad prevalezca y vaya más allá del castigo y de la destrucción. «Paciente y misericordioso» es el nombre más usado en la Biblia para hablar del ser de Dios. Desde el amor se puede tener misericordia. Hay que tener claro que el mal, y los que lo hacen, no pueden ser aceptados. Lo que se añade es que el mal no se vence con mal, sino con bien. Lo que redime es el amor y ahí está el misterio, lleno de misericordia, de la muerte crucificada del Hijo de Dios.

 

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