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Opinión Editorial Enseñanzas fundamentales

23 de octubre de 2015

No es posible entender la gran pintura renacentista, si no se conoce la historia de José, María, y su hijo, Jesús. Alguien que visite un gran museo, no sabrá qué está contemplando delante de un San Sebastián: ¿se trata de un «cow-boy» acribillado de flechas indias? Para comprender un Magnificat de Bach, o un Te Deum, hay que saber qué es y en qué consiste la misa...» Esta frase no la acaba de pronunciar el portavoz de la Conferencia Episcopal Española tras conocer el programa electoral del PSOE, que propugna la exclusión total de la religión del sistema de enseñanza. La cita procede del informe elaborado por Regis Debray, ministro socialista, militante de izquierdas, en defensa de la introducción en las aulas francesas del estudio del ‘hecho religioso’. Debray argumentaba que esta materia sería prolongación de las enseñanzas fundamentales. Y lo mismo parecen pensar todos los países europeos que, a excepción de Francia, introducen en sus aulas la asignatura de religión. La lista va desde el Reino Unido a Alemania, pasando por Italia y por Dinamarca, citada como ejemplo de política educativa. Que el PSOE pretenda ahora implantar este severo laicismo choca con la normalidad con que la mayoría de la sociedad española vive los valores básicos de la tradición católica y con el interés cada vez mayor por la búsqueda de un sentido espiritual de la vida. No es necesario, aunque es un argumento de peso, referirse al cumplimiento de los acuerdos Iglesia-Estado para defender un currículo escolar que sea integrador más que reduccionista. Esta propuesta socialista, que rompería, de consumarse, la voluntad pactista y respetuosa del PSOE en este sentido, coincide con el golpe asestado a los estudios de Filosofía en la Lomce aprobada por el PP. Desde dos puntos de vista ideológicos bien distintos, el resultado es que se camina hacia una enseñanza que estrecha, hasta casi destruirlo, el espacio para el pensamiento y la reflexión sobre las preguntas básicas sobre el sentido de la vida. Un sistema educativo que arrincona estas enseñanzas fundamentales, sacrificándolas en aras de un supuesto pragmatismo, no puede ser perdurable ni tampoco eficaz. De hecho, los cambios sucesivos en los sistemas de enseñanza, la búsqueda desesperada de adaptarlo a las necesidades de un mercado siempre cambiante, no han conseguido que España deje de presentar unas tasas muy preocupantes de abandono escolar, ni que suba a puestos presentables en las listas internacionales. Arrinconar las humanidades o recurrir a golpes de efecto utilizando la religión como arma arrojadiza no es el camino para mejorar la calidad de la enseñanza ni para formar mejores personas.

 

 

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