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Opinión Editorial Crisis de alma

11 de septiembre de 2015

Nos duele que el editorial de este número, a caballo entre las fiestas de la ciudad y las de su barrio más emblemático, no ofrezca precisamente una reflexión festiva. El flujo masivo de refugiados, que huyen de sus países de origen buscando asilo para salvar la vida y la dignidad, frente a la actitud, en principio cicatera, de los estados miembros de la Unión Europea nos produce una honda tristeza y preocupación.

Es imposible apartar de la memoria el fantasma de la catástrofe humanitaria del «Holocausto», provocado por la criminal obcecación de un nacionalismo llevado hasta el extremo, límite al que inevitablemente tienden todos los nacionalismos. El actual éxodo de refugiados, en pleno siglo XXI, hace revivir aquellas patéticas escenas que creíamos haber ahuyentado de la memoria como un mal recuerdo.

El artículo 14 de los Derechos Humanos, la creación del «espacio Schengen», la memoria histórica de Europa y nuestros discursos sobre la tolerancia, tan políticamente correctos, permitían esperar de los europeos una actitud acogedora hacia quienes se ven obligados a buscar asilo. Pero adoptar un protocolo de actuación digno y eficaz está costando demasiado tiempo y conversaciones. Para algunos líderes pesan más los cálculos electorales, económicos o demográficos que la protección eficaz y pronta del valor supremo de las personas. Sólo Alemania se ha mostrado dispuesta a acoger sin excesivas cortapisas a quienes llaman a su puerta pidiendo asilo.

Por otra parte, sería una hipocresía que reclamáramos humanitarismo y altura de miras a los líderes sin preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos cada uno de nosotros a moderar o disminuir nuestro bienestar para compartirlo con estos pobres desplazados que buscan un resquicio de vida. El problema de los refugiados no es únicamente asunto de los líderes, sino de todos y cada uno de los ciudadanos europeos que disfrutamos de unos estados de derecho que dan estabilidad a nuestra vida social, política y económica.

Alguien ha dicho que acoger a los refugiados no ha de hacerse por caridad, sino por obligación. Y es verdad. Pero hay que advertir que sin el aceite de la caridad, es decir, del amor y la compasión hacia el semejante o el hermano, los engranajes de la justicia frecuentemente chirrían, se ralentizan y hasta se atascan. La crisis de los refugiados es también una crisis de alma.

 

 

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