21 de mayo de 2010

Mucho esfuerzo hay que hacer para no interpretar como artera maniobra el último posicionamiento del Obispado de Lérida en el litigio de los bienes. Nos referimos, como el lector habrá intuido, al que adoptó el martes pasado durante la audiencia pública en la que se veía la demanda de los Amigos del Museo, que pretenden dejar zanjada la propiedad ilerdense de los bienes en cuestión. No sorprendió la argumentación de los Amigos, aunque no podamos estar a favor de la solidez de sus argumentos. Pero lo que oímos en boca del letrado del Obispado de Lérida nos produjo pasmo e indignación.

El letrado, coreado por los representantes de su Obispado, aceptó, en contra de lo que había manifestado hasta ahora, la legitimación de los Amigos para intervenir en este pleito y pretendió probar que los bienes cuestionados son de la Diócesis ilerdense, sin sentirse constreñido por la obediencia debida a las superiores decisiones de la Iglesia en este asunto. Con un desparpajo que pasma, afirmó que acatan pero no comparten el decreto de la Signatura Apostólica, por eso están ahora ante la jurisdicción civil pidiendo justicia. Y no paran aquí los dislates. Reiterada y rotundamente afirmó el letrado que no han acudido como Iglesia, sino como unos ciudadanos más. ¿Puede alguien entender qué clase de persona jurídica es ese Obispado si no es Iglesia?

Al son de lo oído en esta audiencia pública, se agiganta la sospecha de que la astucia de la maniobra está teñida de mala fe. Fueron ellos los que acudieron al arbitraje de la Santa Sede frente a la presunción de depósito que alegaba el Obispado de Barbastro-Monzón. Y cuando el Tribunal eclesiástico no les da la razón, aprovechan la demanda de los Amigos para ver si consiguen que un Tribunal civil falle a favor de sus tesis. ¡Y querrán que sigamos creyendo que están dispuestos a obedecer a la Iglesia!

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