16 de abril de 2010

Siempre lo han sido, pero no por eso dejan de ser responsables. Nos referimos a los adolescentes, que, ciertamente, atraviesan los momentos más difíciles de todo el proceso evolutivo. Esa mezcla de atracción por lo desconocido y autoafirmación jalonada de ramalazos de rebeldía —lo que desde antiguo se define como «anarquía de las tendencias»— es un caldo de cultivo en el que puede cocerse un crecimiento genial y creativo o la adhesión a comportamientos que lo malogren rotundamente. Es difícil acompañar a los adolescentes en esa travesía y, sin embargo, necesitan la experiencia de un guía. No es justo demonizarles, pero tampoco les ayuda el sentirse libres de toda responsabilidad. Su crecimiento reclama un sabio y difícil equilibrio entre el cariño y la exigencia.
Lo ocurrido en Seseña hace pocos días vuelve a poner sobre el tapete eternos problemas que obligan a nuevas reflexiones y respuestas. Los adolescentes actuales son vulnerables, como lo han sido siempre. Pero en la actualidad las nuevas tecnologías han puesto en sus manos instrumentos altamente útiles, pero también extremadamente  peligrosos. Ello reclama una seria actuación educativa, en la que no falte el adecuado control sobre el uso y contenidos, en concreto, de la red, por parte de la familia en primer lugar, pero también de las autoridades.
A este propósito y con la ley del menor en el horizonte, se aduce la advertencia de que no es bueno legislar en caliente, lo cual es cierto. Pero también es un hecho palmario que el chorreo de actos delictivos protagonizados y sufridos por menores no deja que la situación se enfríe y, en cualquier caso, todo planteamiento educativo que se precie ha de motivar y exigir de los sujetos, por vulnerables que sean, responsabilidad sobre las consecuencias de sus propios actos. Eximir al menor de sus responsabilidades no lo protege; más bien lo destruye.

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